Hay un hecho innegable en la historia de la humanidad: nadie, por más rápido o lento que sea, lo sepa o lo ignore, lo desee o no, puede escapar de la muerte.
La muerte alcanzó a alguien hoy, alcanzará a otro mañana y a otro la semana que viene. No se cansa de perseguir a quienes persiguen la vida.
¿Por qué?
Quizás porque envidia a quienes viven. O quizás porque es otra forma de existencia que todavía no comprendemos, y por eso la llamamos muerte: porque no sabemos qué hay detrás de ella cuando finalmente llega.
Durante mucho tiempo supe de ella como una viajera lejana, una presencia perdida a miles de kilómetros de mi vida. Pero un día decidió acercarse y llevarse a mi abuelo.
La última vez que lo había visto antes de eso habían pasado doce años. ¿O fueron seis? Para mí había sido poco tiempo, porque era joven, pero para alguien mayor ese tiempo era mucho.
Cuando volví a verlo, sabía a lo que me enfrentaba.
A un hombre que apenas escuchaba, que quizás veía poco, que ya no hablaba y cuyas fuerzas parecían haber comenzado a abandonar su cuerpo. Su piel, antes firme, ahora parecía de papel. Su respiración era tan leve que por momentos dudaba si seguía ahí. Y su memoria, esa que todos decían que se había perdido, parecía haberse convertido en un lugar al que ya no podía entrar.
Me sentí extraño. Sentí vergüenza de estar presente en su última noche y no haber estado cuando todavía le quedaban dos, tres o cien días más.
No lo sé.
No dejaba de pensar en lo poco inteligente que es el ser humano frente al tiempo: vive como si los minutos fueran infinitos, y cuando intenta recuperar los que dejó pasar, descubre que ya perdió otros.
Eso fue lo que cruzó por mi mente en aquel hospital, horas antes de que mi abuelo diera su último respiro.
Mientras estaba parado a su lado sentí una corazonada difícil de explicar. Había una pregunta que necesitaba responder antes de que fuera demasiado tarde:
¿En el umbral del olvido, mi abuelo todavía podía recordarme?
Me senté junto a él y tomé su mano. Estaba helada.
—Abuelo...
Tragué saliva.
—Abuelo, soy yo. Juanilo. ¿Puedes recordarme? Si es así, aprieta mi mano.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces sentí cómo mi mano era sostenida con una fuerza pequeña, frágil, casi como la de un bebé.
Pero estaba ahí.
No sentí solamente ganas de llorar. Sentí algo más extraño: el dolor de saber que todavía existía dentro de su memoria, aunque fuera por un instante. Como si una pequeña parte de mí siguiera viva en él, como si hubiese esperado hasta el final para poder soltarla tranquilo.
Quizás la muerte no consiste en olvidar todo.
Quizás consiste en llegar a un lugar donde ya no hace falta cargar con los recuerdos.
¿A dónde fue mi abuelo?
No lo sé.
Tal vez a un lugar donde olvidar no exista.
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