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A DESTIEMPO

Victhor

Jan 12, 2026

109
A DESTIEMPO
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"A DESTIEMPO "

A veces la vida no avisa cuando está a punto de cambiarlo todo. No manda señales claras ni detiene el ruido del mundo. Simplemente ocurre... mientras alguien ríe cerca, mientras una canción suena sin que nadie la escuche de verdad, mientras dos desconocidos coinciden en el mismo espacio sin saber que ese punto exacto del tiempo quedará marcado para siempre.

El evento escolar no tenía nada de especial. Sillas mal acomodadas, risas demasiado altas, profesores fingiendo entusiasmo y una música que nadie escuchaba realmente. Era uno de esos días destinados a ser olvidados... excepto para quienes, sin saberlo, estaban a punto de cambiar su vida.

Víctor llegó tarde, como casi siempre.

No porque no le importara, sino porque nunca había aprendido a llegar a tiempo a los lugares que aún no sabía que eran importantes.

Dayanna estaba sentada entre amigas, jugando con sus manos, mirando alrededor con esa curiosidad tranquila que tienen las personas que no esperan nada extraordinario del día. Cuando levantó la mirada, lo vio. No pasó nada espectacular. No hubo relámpagos ni cámaras lentas. Solo una coincidencia: sus ojos encontrándose por primera vez.

No pensaron "es amor".

Pensaron "qué raro... me cae bien.

Durante el evento apenas hablaron. Un comentario aquí, una sonrisa allá. Un intercambio pequeño, casi insignificante. Pero algo quedó flotando en el aire, como una palabra no dicha que ninguno supo identificar.

Después vinieron los días normales. Y luego, sin notarlo, empezaron los días compartidos.

Se encontraban "por casualidad".
Se sentaban cerca "sin intención".
Se buscaban sin admitirlo.

Víctor notó que con ella el tiempo se comportaba distinto. Las horas se acortaban. Los silencios no incomodaban. Dayanna, por su parte, sentía que con él podía ser ella misma sin explicarse demasiado. No era amor -o eso creían-, era solo una amistad que se sentía demasiado viva.

Aún no lo sabían, pero ese día, en ese evento sin importancia, ya habían empezado a perderse el uno en el otro.

El amor no siempre llega gritando.
A veces entra despacio...y cuando te das cuenta, ya vive contigo.
Hay personas que no llegan para revolucionar tu vida, sino para ordenar el caos sin mover nada.

No hacen ruido, no prometen eternidades, no exigen nombres para lo que son.

Simplemente... se quedan.

Así fue como la "amistad" entre Víctor y Dayanna empezó a tomar forma.

No hubo un acuerdo explícito, ni una conversación que dijera "a partir de hoy somos importantes el uno para el otro". Las relaciones más profundas casi nunca se anuncian. Se construyen en lo cotidiano: en los mensajes que no tenían motivo, en las risas sin razón, en la necesidad inexplicable de contarle al otro lo que a nadie más parecía importarle.

Con el tiempo, Víctor empezó a notar algo inquietante: cuando algo le pasaba, lo primero que pensaba no era en la solución, sino en contárselo a ella.

Y Dayanna descubrió que algunas de sus mejores versiones aparecían solo cuando él estaba cerca.

No se decían "te necesito", pero se buscaban.

No se decían "te extraño", pero se sentían incompletos cuando no estaban juntos.

La amistad se volvió un refugio.

Y como todo refugio, daba seguridad... pero también miedo.

Porque cuando algo se siente demasiado bien, aparece una pregunta incómoda:

¿y si lo pierdo?

Ambos empezaron a caminar con cuidado.
A medir palabras.
A guardar silencios.

No por falta de sentimiento, sino por exceso de él.

Víctor se preguntaba, sin darse cuenta, si decir lo que sentía rompería aquello que tanto le costó construir. Dayanna, por su parte, prefería quedarse en la certeza de lo que tenían antes que arriesgarse a perderlo por algo que aún no sabía nombrar.

Y así, el amor -porque ya lo era- empezó a esconderse detrás de la amistad.

Hay vínculos que se vuelven tan importantes que nos paralizan. No queremos cruzar la línea porque tememos que del otro lado no haya nada.

Y olvidamos que no cruzarla también es una forma de perder.

Mientras tanto, crecían.

No solo en edad, sino en emociones, en heridas, en sueños. Compartieron miedos que nunca dijeron en voz alta frente a nadie más. Se vieron vulnerables, reales, humanos.

Y sin saberlo, estaban haciendo algo peligroso: amar sin permiso, sin nombre y sin valentía.

La vida seguía avanzando.

Y ellos seguían ahí, creyendo que el tiempo era infinito, que lo importante podía esperar, que el silencio también protegía.

No sabían que el tiempo no destruye lo que se dice tarde... sino lo que nunca se dice.

Y así, sin darse cuenta, la amistad aprendió a quedarse. Pero el amor... empezó a doler en silencio.

Víctor empezó a entender que el problema no era amar, sino callar. Porque el amor no dicho no desaparece, solo se acumula. Se guarda en el pecho, se esconde en gestos pequeños, se filtra en las miradas largas y en las preguntas que nunca se hacen.

Él sabía lo que sentía.

No siempre, no con claridad absoluta, pero lo sabía en esos momentos donde la ausencia de Dayanna le pesaba más que cualquier problema. En esas veces donde una risa suya podía arreglarle el día, o una indiferencia accidental podía arruinárselo por completo.

Dayanna también lo sabía.

Aunque fingiera no pensarlo, aunque se dijera que solo era costumbre, aunque intentara convencerse de que no era amor. Porque cuando alguien se vuelve tu lugar seguro, dejar de llamarlo amor no lo vuelve menos real.

Pero ambos compartían el mismo miedo:

decirlo y perderlo todo.

Víctor se preguntaba si confesar lo que sentía rompería la estabilidad que tanto valoraba. Prefería el riesgo silencioso de amar sin ser correspondido, antes que el riesgo definitivo de hablar y quedarse sin ella.

Dayanna, en cambio, temía algo distinto:

que al decirlo, él no sintiera lo mismo.

Y que la amistad, esa que tanto la sostenía, se convirtiera en un recuerdo incómodo.

Así, el amor se volvió un idioma que ambos hablaban, pero ninguno se atrevía a pronunciar en voz alta.

Había días en los que el silencio parecía suficiente. Otros, en cambio, se sentía como una traición.

Porque no decir lo que se siente también es una decisión. Y toda decisión tiene consecuencias.

La vida seguía avanzando, sin pedir permiso.

Nuevas responsabilidades, nuevas personas, nuevas dudas. Y mientras todo cambiaba, ellos seguían atrapados en el mismo punto, creyendo que quedarse quietos era una forma de protegerse.

No entendían que el tiempo no espera a los que dudan.

Cada oportunidad no tomada se transformaba en un pequeño adiós.

Cada palabra no dicha, en una distancia invisible.

Y así, sin discusiones, sin finales dramáticos, sin despedidas claras, algo empezó a romperse lentamente. No por falta de amor, sino por falta de valentía.

Porque el amor no siempre se acaba cuando se va... a veces se acaba cuando nunca empieza.


Aveces la vida no nos pone pruebas para ver cuánto amamos, sino para mostrarnos a quién estamos dispuestos a lastimar cuando creemos amar a alguien más.

Cuando Víctor se enteró de que Dayanna había dejado a su pareja, algo dentro de él se movió. No fue alegría, ni alivio, ni esperanza clara. Fue una mezcla peligrosa de ilusión y urgencia. Como si el tiempo, ese que siempre había callado, de pronto comenzara a correr demasiado rápido.

Isa -Isabel- estaba ahí.

Presente. Entregada. Amando a Víctor de una forma honesta, completa, sin medias palabras. Ella lo eligió sin dudas, sin silencios estratégicos, sin miedos. Lo amaba con la claridad que él nunca tuvo con nadie.

Y Víctor también la amaba.
A su manera.
Con torpeza.
Con límites invisibles.
Pero cuando supo que Dayanna estaba libre, algo cambió.
No de golpe.
No de forma evidente.
Cambió despacio... como cambian las decisiones que luego pesan toda la vida.

Durante dos semanas, Víctor empezó a mirar a Isa distinto. Donde antes había comprensión, ahora veía errores. Donde antes había paciencia, ahora veía excusas. No porque Isa hubiera cambiado, sino porque él ya estaba buscando una salida. El amor, cuando quiere irse, se vuelve injusto.

Isa lo sentía.
Sentía la distancia.
Sentía la frialdad repentina.
Sentía que estaba pagando por algo que no había hecho.
Intentó hablar. Intentó entender. Intentó quedarse.
Pero no se puede competir con alguien que nunca estuvo del todo ausente.

Cuando Víctor finalmente la dejó, no fue con crueldad, pero tampoco con verdad completa. Isa pagó las consecuencias de un amor que nunca le correspondió del todo. De ser el lugar seguro mientras otro nombre seguía viviendo en el corazón de quien decía amarla.

Y aun así, Isa lo amó hasta el final.

Víctor, convencido de que por fin el camino estaba despejado, fue a buscar a Dayanna. Creyó que el destino, al fin, les estaba dando una oportunidad. Que el sacrificio había valido la pena.

Pero la vida no funciona así.
Cuando la encontró, Dayanna ya no estaba sola.
Había vuelto con su pareja.
Habían hecho las paces.
Habían decidido intentarlo otra vez.
En ese instante, algo se rompió.
No fue solo el corazón de Víctor.

Fue la lógica con la que había tomado decisiones. Fue la certeza de que el amor justifica todo.

Había dejado a alguien que lo amaba de verdad... por alguien que no estaba esperando.

Ahí nació la grieta.
Una grieta silenciosa, profunda, casi invisible.
Pero destinada a crecer con los años.
A colarse en futuras decisiones.
A reaparecer en culpas no resueltas, en ausencias, en regresos que ya no sanan.

Porque algunas veces, el dolor no llega por perder a quien amas, sino por haber perdido a quien nunca debiste lastimar

Víctor, se quedó solo.

No solo sin Isa -a quien había dejado atrás con una culpa que aún no sabía cargar-, sino también sin la ilusión que lo había impulsado a tomar esa decisión. Se quedó con las manos vacías y el corazón lleno de preguntas que ya no tenían respuesta.

Y aun así...
la vida insistió en cruzarlos.
No podían evitar verse.
No podían evitar coincidir.
No podían evitar mirarse.

Porque hay miradas que no piden permiso. Que no respetan decisiones. Que ignoran promesas hechas a otros.

Cada vez que sus ojos se encontraban, algo se tensaba en el aire. No era nostalgia, no era deseo explícito, era una conversación entera que nunca se dijo en voz alta.

Víctor la miraba como quien reconoce su error demasiado tarde. Dayanna lo miraba como quien sabe que también tuvo miedo.

No hablaban de lo que sentían. No hablaban de lo que pasó. No hablaban de Isa. No hablaban de su pareja.

Pero todo estaba ahí.
En los silencios largos.
En las frases cortas.
En los "cuídate" que querían decir "quédate".
En los "todo está bien" que significaban lo contrario.

Hubo momentos en los que la confesión estuvo a un suspiro de distancia. Víctor pensó en decirlo todo. Decir que aún la amaba. Que siempre lo había hecho. Que se había equivocado buscando una salida que no existía.

Dayanna también lo sintió.
Lo supo.
Lo intuyó.
Pero eligió no escuchar.

Porque hay confesiones que no solo rompen a quien las dice, sino también a quien las recibe. Y ella ya había tomado una decisión. Tal vez no la más valiente, pero sí la que le permitía seguir.

Así que se quedaron ahí. En el borde.
Amándose sin tocarse.
Entendiéndose sin hablarse.
Perdiéndose sin despedirse.

Las casi confesiones son las más crueles, porque no permiten cerrar nada. No son un "sí", pero tampoco un "no". Son un espacio suspendido donde el amor se vuelve peso, recuerdo y posibilidad al mismo tiempo.

Y Víctor entendió algo que le dolió más que la soledad: no basta con amar, hay que elegir a tiempo.

Porque cuando el momento pasa, el amor no desaparece... solo aprende a doler distinto.

Después de tantas idas y vueltas, Víctor decidió hacer algo distinto:

pensar en sí mismo.

No como huida, sino como intento de reconstrucción. Pensó en una vida posible. En trabajar, en ganar dinero, en cumplir sueños que había postergado esperando a alguien que nunca llegaba del todo. Por primera vez en mucho tiempo, dejó de mirar hacia atrás y empezó a preguntarse quién quería ser si nadie volvía.

Durante un lapso breve, se sintió en paz. No feliz, pero estable. No completo, pero en movimiento.

Y fue entonces cuando llegó la oportunidad.
Un viaje a Estados Unidos.

Un futuro incierto, pero prometedor. Una puerta abierta que no podía darse el lujo de ignorar.

Víctor aceptó sin pensarlo demasiado, como se aceptan las decisiones que parecen necesarias para sobrevivir. No se despidió emocionalmente de nadie, porque no sabía cómo despedirse de lo que aún dolía.

Un día antes de viajar, asistió a una asamblea de la iglesia. No buscaba respuestas, solo silencio. No sabía -no podía saber- que ahí, una vez más, el destino decidiría intervenir.

Dayanna también estaba ahí.

Cuando sus miradas se cruzaron, el mundo volvió a quedarse en pausa. Hablaron como antes. Rieron como siempre. Sonrisas que parecían intactas, como si el tiempo no hubiera pasado, como si las heridas no existieran.

Y entonces, cuando la noche ya había avanzado y la gente comenzaba a irse, Dayanna dijo algo que Víctor no estaba preparado para escuchar:

-Terminé con él... otra vez , dijo Dayanna
-¿Por qué? -preguntó Víctor, casi sin voz.
-Porque te amo.

El silencio que siguió fue eterno.

Víctor sintió que el suelo se movía. Todo lo que había intentado ordenar dentro de sí se desacomodó en segundos. No podía creerlo. No después de todo. No ahora. No justo cuando estaba a punto de irse.

Víctor preguntó por que lo decia en ese momento y entonces ella lo tomó de la mano lo miró alos ojos Víctor aver los ojos cafés que brillavan con la luz de la luna no pudo mas que decir lo que sentia.

Hablaron durante horas.
Sin máscaras.
Sin miedo.
Sin pausas innecesarias.

Se dijeron todo lo que se habían guardado por años. Cada duda. Cada "yo también". Cada "siempre fiste tú". Cada arrepentimiento

por no haber hablado antes.
Esa noche, el amor dejó de ser una sospecha.

Y sin avisar se besaron despacio, como si el tiempo pudiera romperse si se apresuraban. Besos lentos, honestos, llenos de historia. Besos que no buscaban deseo, sino reconocimiento. Como si cada beso dijera: te encontré, al fin.

Se amaron en silencio, se amaron como siempre se quisieron amar , perp uno de ellos sabia que el amanecer traería una dolorosa despedida.

Porque hay amores que llegan completos... pero llegan tarde.

Y aunque esa noche fue real, intensa y verdadera, el viaje seguía esperando. El futuro ya estaba en marcha. Y el destino, una vez más, observaba sin intervenir.

Víctor no tuvo el valor , no tuvo las palabras para decirle sobre el viaje que estaba esperando al siguiente dia.

No porque no amara a Dayanna, sino precisamente por eso. Decirle que se iría significaba aceptar la posibilidad de perderla antes de tiempo. Significaba romper ese instante perfecto que por fin habían logrado después de años de silencios, dudas y caminos mal tomados.

Así que eligió callar.
No por egoísmo, sino por miedo.
Miedo a herirla.
Miedo a verla llorar.

Miedo a que el amor, recién encontrado, se le escapara de las manos otra vez.

En lugar de la verdad, le ofreció una promesa.

Le habló de un amor que no cambiaría. De un "nosotros" que resistiría cualquier distancia. Le dijo que pasara lo que pasara, lo que sentían seguiría intacto. Que si el destino alguna vez los separaba, buscarían la forma de volver a encontrarse.

Dayanna lo escuchó con el corazón abierto.

Aceptó la promesa sin sospechar nada. La abrazó como quien cree estar asegurando el futuro. Sonrió como quien confía.

No sabía que esas palabras eran una despedida disfrazada de eternidad.

Para ella, la promesa significaba espera. Para él, significaba huida sin ruptura. Y ahí, sin que ninguno lo notara, el amor empezó a sostenerse sobre algo frágil: una verdad incompleta.

Se separaron esa noche creyendo lo mismo... pero entendiendo cosas distintas.

Dayanna se fue a casa pensando que el amor había vencido al miedo.

Víctor se fue sabiendo que al amanecer partiría solo.

Hay promesas que no se rompen por traición, sino porque nacen sin toda la verdad.

Y aunque ambos creían estar protegiéndose, en realidad estaban sembrando el dolor más lento y profundo: el que llega cuando descubres que aquello que cuidabas...ya se estaba yendo.

El amanecer no trajo calma. Trajo decisiones.

Víctor preparó su maleta en silencio. Cada prenda doblada era una confirmación. Cada objeto guardado era una despedida que no se atrevió a pronunciar. La casa aún dormía, pero su corazón llevaba horas despierto.

Antes de partir, fue a ver a Justin y Fernando. No necesitó explicar demasiado. Ellos entendieron con solo mirarlo. Se abrazaron fuerte, como se abrazan los que saben que algo importante está terminando. Lloraron sin vergüenza, porque hay despedidas que no permiten orgullo.

-Cuídate -le dijeron.
Y en esas palabras iba todo lo que no sabían cómo expresar.
Luego, Víctor se fue.
Y con ese paso, dejó atrás más de lo que podía cargar.
Las horas pasaron. El día avanzó como si nada hubiera ocurrido.

Dayanna caminaba sin saber que el mundo ya había cambiado. Iba distraída, con la promesa aún viva en el pecho, creyendo que el amor seguía intacto. Fue entonces cuando lo vio: Justin, sentado, llorando sin intentar esconderlo.

Algo se rompió antes de que preguntara.

¿Qué pasó? -dijo ella, con un nudo que no sabía de dónde venía.

Justin tardó en responder.

Porque hay verdades que pesan incluso cuando no son propias.

Le contó lo que Víctor no pudo.
Le habló del viaje.
De la despedida.
Del silencio.

Dayanna sintió que el aire se le iba del cuerpo. No podía creerlo. No después de la noche anterior. No después de las palabras, los besos, la promesa. No después de haberse elegido, al fin.

Temblando, lo llamó.

Víctor respondió.

Y en ese segundo, ambos supieron que ya no había forma de suavizar nada.

Él le dijo la verdad.

Toda.
Sin excusas.
Sin máscaras.

Le habló con la voz rota. Le dijo cuánto lo sentía. Le dijo que no tuvo el valor. Le dijo que la amaba más de lo que supo demostrar, y que irse no significaba dejar de amarla, sino no saber cómo quedarse sin destruirlo todo.

Dayanna lloró en silencio.

No por el viaje.
Sino por la mentira involuntaria.
Por la promesa que nunca fue justa.
Por haber amado creyendo que el tiempo estaba de su lado.
Ese día entendieron algo terrible y definitivo:
el amor estaba ahí...
pero ya no estaba en el mismo lugar para ambos.

Víctor colgó sabiendo que había hecho lo necesario, pero no lo correcto.

Dayanna colgó sabiendo que había amado de verdad, pero sin despedirse a tiempo.

Y así empezó la distancia.
No como kilómetros, sino como una herida que no cerró.

El tiempo pasó como pasan las cosas que no se hablan: sin hacer ruido, pero dejando huella.

Había transcurrido un año desde aquella llamada. Un año de ciudades nuevas, rutinas ajenas, noches largas y días que parecían iguales. Víctor había aprendido a sobrevivir lejos, a trabajar, a seguir adelante. No a olvidar.

Una noche cualquiera, sin buscar demasiado, la encontró en redes sociales.

Era ella.

Dayanna.

Su nombre seguía siendo el mismo. Su sonrisa también. O al menos eso parecía. Víctor se quedó mirando la pantalla más tiempo del necesario, como si al hacerlo pudiera recuperar algo que había quedado suspendido en el pasado.

Le escribió con cuidado, como quien toca una herida que no sabe si cerró.

-¿Cómo estás?

La respuesta llegó simple, breve, casi educada:

-Bien.

Solo eso.
Una palabra que no decía nada..
y lo decía todo.

Hablaron poco. Frases cortas. Preguntas generales. Ningún reproche, ninguna mención al pasado. Dayanna respondía como alguien que aprendió a no quedarse demasiado tiempo en ningún lugar, ni siquiera en las conversaciones.

Víctor sintió alivio y, al mismo tiempo, una inquietud difícil de explicar. Algo no encajaba. No era la distancia. No era el tiempo. Era el tono. Como si ella hubiera aprendido a esconderse incluso de sí misma.

Entonces preguntó a Justin , buscando confirmar lo que su intuición ya sospechaba.

Y lo supo.

Desde aquella última llamada, Dayanna había cambiado. No de forma visible, sino profunda. Se volvió más callada. Más reservada. Sonreía menos con los ojos. Había dejado de ser la persona que era cuando amaba sin miedo.

No estaba mal... pero tampoco estaba igual.
Víctor entendió algo que lo atravesó por completo: la distancia no solo separa cuerpos, también transforma almas.
Ella había seguido viviendo, sí.

Pero algo se había quedado detenido en ese adiós que nunca fue claro. En esa promesa que no supo esperar. En ese amor que se dijo cuando ya no podía sostenerse.
Y entonces comprendió la verdad más dura de todas:
no siempre lastimamos a alguien con lo que hacemos,
a veces lo hacemos con lo que no supimos decir a tiempo.

Cerró la conversación sin despedirse. No por falta de amor, sino por respeto a lo que ya no podía tocar.

Y luego de eso llegaron las noches que no sirven para dormir. Sirven para entender.

Después de tanto pensar, de tantas madrugadas donde el pasado volvía sin pedir permiso, Víctor tomó una decisión que no nació del impulso, sino de la culpa, del amor y de una promesa que seguía viva aunque estuviera rota.

Decidió regresar.

No para sentirse mejor. No para pedir perdón y desaparecer otra vez. Sino para intentar reparar lo que había roto.

Quería ser lo que alguna vez prometieron ser. No desde las palabras, sino desde los hechos. Sabía que no bastaba con volver, que no bastaba con amar. Necesitaba tiempo, estabilidad, algo real que ofrecer más allá de sentimientos tardíos.

Así que se quedó.

Dos años más.

Trabajó sin descanso. Jornadas largas. Noches cortas. Aprendió a sostenerse solo. A no huir cuando algo dolía. Cada esfuerzo tenía un propósito claro: volver sin excusas.

No hablaba de ella.
No la buscaba.
No interfería.

La llevaba como se llevan las cosas importantes: en silencio.

Cuando por fin sintió que estaba listo, no avisó. No anunció su regreso.

No quiso crear expectativas.

Regresó como quien vuelve a casa sabiendo que puede no ser recibido.

Con una maleta distinta.
Con menos miedo.
Con más verdad.

Y aunque no lo sabía aún, el destino ya avia preparando la respuesta .

Víctor volvió distinto.

Tres años de trabajo constante no solo cambian la rutina, cambian la forma de mirar la vida. Llegó con menos impulsos, con más silencios, con una calma que antes no tenía. No era el mismo que se fue, y en el fondo creía que eso importaba.

La llamó.

Cuando Dayanna respondió, su voz sonó diferente. Más ligera. Más firme. Había una felicidad tranquila que Víctor no recordaba haber escuchado antes. Él creyó -necesitó creer- que esa alegría tenía que ver con su regreso.

Acordaron verse en un parque.

Cuando la vio llegar, lo entendió sin querer aceptarlo: ella también había cambiado.

No era solo su forma de vestir o de caminar. Era su manera de estar presente, como alguien que ya no vive esperando. Se sentaron, hablaron de lo superficial primero, de los años, del tiempo, de lo lejos que todo parecía ahora.

Víctor sentía el momento acercarse. Había regresado por ella. Por cumplir lo que nunca supo cerrar.

Justo cuando estaba a punto de decirlo, el teléfono de Dayanna sonó.

Ella miró la pantalla. Dudó un segundo. Y respondió.
No necesitó explicarlo.
Víctor lo entendió todo.
Había alguien más.

Dayanna colgó y respiró hondo. Con voz serena, le contó lo que había construido mientras él no estaba. En esos dos años aprendió a estar sola. A perdonarse. A sanar. A dejar de esperar llamadas que no llegaban. Y, cuando estuvo lista, se dio la oportunidad de volver a amar.

Víctor sintió que algo dentro se rompía otra vez.

-¿Por qué nunca me dijiste que tenías a alguien? -le reclamó, con una mezcla de dolor y desesperación-. Yo regresé por ti.

Dayanna lo miró con calma. No con frialdad. Con claridad.

-Eso ya no era asunto tuyo -dijo-. Yo no tenía por qué decirte si tenía una vida, si tenía a alguien. Todos guardamos secretos... y tú me enseñaste eso cuando no pudiste decirme la verdad sobre tu viaje.

Las palabras no fueron crueles. Fueron justas.

Víctor no pudo sostener el silencio. Todo lo que había guardado durante años -la espera, el esfuerzo, la culpa, la esperanza- se le vino encima de golpe. Y cuando el corazón no sabe cómo

defenderse, ataca.
Le dijo que la odiaba.

Lo dijo con la voz quebrada, con los ojos llenos de lágrimas que no pidió permiso para caer. La maldijo de todas las formas posibles, como si al hacerlo pudiera arrancarse de encima todo lo que aún sentía. Cada palabra fue dura, injusta, exagerada.

Pero ninguna fue verdad.

Porque detrás de cada "te odio" había un
te quiero.
Un te necesito.

Un te amo que ya no tenía lugar donde quedarse.
Dayanna lo escuchó en silencio.
No lo interrumpió.
No se defendió.
No lloró frente a él.

Entendió algo que a Víctor todavía no podía aceptar: el dolor no justifica quedarse.

Él tomó sus cosas con torpeza. Las manos le temblaban. No miró atrás porque sabía que, si lo hacía, no tendría fuerzas para irse. Caminó alejándose con el pecho apretado, cargando palabras que nunca quiso decir, pero que salieron porque no supo decir otras.

Ella no lo detuvo.
No porque no doliera.

Sino porque ya había aprendido que detener a alguien que llega tarde...

es volver a romperse.

Víctor se fue creyendo que había cerrado la historia con odio. Dayanna se quedó sabiendo que lo que acababa de escuchar no era rencor,

sino amor sin salida.

Y así terminó lo único que nunca fue oficialmente suyo, pero que les marcó la vida para siempre.

Con el paso del tiempo, Víctor entendió algo que antes no podía aceptar:
no era para él.
Nunca lo fue.

No porque no hubiera amor, sino porque no todos los amores están destinados a quedarse. Recordó cada vez que dijo que sí al destino, cada intento por forzar el momento, cada decisión tomada con esperanza. Y aun así, el destino siempre respondió lo mismo: no.

No como castigo. Como límite.

Un día, por pura casualidad -o por esa ironía suave que tiene la vida-, se encontraron. No hubo sobresaltos. No hubo reproches. Solo dos personas que alguna vez se amaron y ahora se miraban con una calma nueva.

Víctor pidió perdón.
No para volver.
No para remover nada.
Solo para cerrar lo que había quedado abierto.

Dayanna lo escuchó. No porque ya no doliera, sino porque había aprendido que escuchar también puede ser una forma de soltar. Las heridas no sanaron del todo, pero dejaron de sangrar. Aprendieron a vivir con ellas, como se aprende a vivir con las cicatrices: sin negarlas.
Hablaron poco. Pero fue suficiente.

Se hicieron las paces.
No como amantes.
Como dos almas que sobrevivieron a lo que no pudo ser.
Víctor aceptó su destino.
Y al hacerlo, dejó de pelear con el pasado.


























Nota del autor:

Ahora le tocara a Victor o bueno me tocará  ami vivir una vida sin ella. Sin Dayanna.

Sin la persona que más amé en silencio, con miedo, con torpeza y con todo el corazón.

El destino no fue cruel: fue honesto.
Me dejó amarla, pero no quedármela.

Hoy entiendo que algunas historias no están hechas para terminar juntas, sino para ser escritas. Y por eso este libro existe.

Porque aunque la vida nos separó, ella siempre permanecerá aquí, entre estas páginas. En cada palabra que no supe decir a tiempo. En cada recuerdo que se negó a morir.

Yo soy Víctor.
El chico de esta historia.
El que se fue buscando un futuro y regresó encontrando un pasado que ya no le pertenecía.
Dayanna no está conmigo... pero vive para siempre en el libro que le escribí.

Victhor

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