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    Nos separaba una gruesa pared de cemento y granito, pero las dos podíamos ver el sol adentrándose en el campo. A lo lejos, el viento movía las plantas de soja creando una coreografía perfecta entre tallos, hojas y chauchas. El alambrado, que separaba los lotes, daba pequeños chispazos cada vez que la luz lo atravesaba. Teníamos una vista privilegiada de ese atardecer anaranjado. 

    Ese día, sentí (como nunca) la necesidad de acompañarla y compartir una de las primeras tardecitas en su nuevo hogar, para que la soledad no le diera tanto miedo. La escuché bostezar (o quizás lo imaginé). Ahí tomé coraje, respiré profundo, cerré los ojos y me dejé llevar. 

    "Duerme, duerme negrito, que tu mamá está en el campo”- logré entonar ese pedacito de canción sin ahogarme y me felicité por lo bajo (en su boca sonaba mejor). Cuánta verdad en tan pocas palabras pensé: efectivamente, ella estaba en el campo sagrado. 

    Los pocos transeúntes del lugar, que caminaban cabizbajos, no se dieron cuenta de mi presencia y eso me alivió. No pude seguir cantando, algo me apretaba el pecho y preferí callarme. Supuse que el diablo blanco se había percatado de la tristeza que sentíamos y solo escuchaba escondido detrás de alguna cruz. Esa noche, por fin, nos dejaría en paz. 

    Me apoyé en el suelo gris y la miré sonreír en silencio. No me atrevía a decirle que esa misma noche viajaba a la ciudad y no sabía cuándo iba a regresar al pueblo. 

    Los bordes de la tarde se fundieron con la negrura infinita. Le dije cuánto la amaba y prometí que la iba a honrar siempre. Me despedí. Ella sabía que era un “hasta siempre”.

    Con grandes pasos llegué a un tronco donde se apoyaba su bicicleta blanca, la usaba sabiendo que ella ya no la necesitaba. El ruido del canasto que colgaba en la parte delantera, me recordó mucho a sus llegadas triunfales a la casa luego de hacer las compras en el almacén, agotada pero sonriente. 

    No quise mirar para atrás, fui muy determinante con eso. Pedaleé más despacio, cerca de la salida, por los caminos llenos de piedras y pequeñas caracolas milimétricas que crujían al romperse contra la rueda plateada. 

    Los ángeles que custodiaban el lugar me juzgaron con sus ojos vacíos. Las lágrimas brotaban sin control sobre mi rostro (tendría que haberlo superado, nos veníamos despidiendo hacía meses). 

    Mis sentimientos pegaban contra mi pecho y salían por la boca en forma de una nube espesa, mientras saboreaba la tierra de la calle en mis encías. 

    Aceleré y llegué a la casa donde me hospedaba. Agitada, salté de la bicicleta. Entré y me choqué nuevamente contra su ausencia. No me hallaba entre esas paredes que me conocían desde chica. Ella no iba a volver y yo ya me había ido hacía años.

    Paula Dreyer

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