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    EL VEINTIDÓS SESENTA Y TRES - Cuento 3

    Mónica

    Dec 12, 2023

    EL VEINTIDÓS SESENTA Y TRES - Cuento 3
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    Cuando un lugar ya no guarda misterios ni rincones por descubrir, sólo nos queda usarlo como escenario de nuestras más descabelladas aventuras.

    En Babel, mi casa ostentaba el 2263 en un color plata gastado, incrustado firmemente en el frente de piedra color pastel. Me gusta recordarlo antes de la llegada de mis dos hermanos, porque esos pichones de Satanás arrasaron con mi corona de “única". En esos tiempos tuve que aprender a conjugar en plural, dejar de sumar para empezar a dividir.

    Como en todo el barrio, mi casa ocupaba un terreno de diez metros de ancho por sesenta metros de largo, algo que para mí era sinónimo de infinito.

    Respetuoso de la arquitectura de Babel, el 2263 tenía dos entradas, una formal y solemne destinada a las visitas, quienes disfrutarían de unos sillones mulliditos y podrían deleitarse observando libros y adornos, ese lugar siempre olía a nuevo. El otro ingreso, separado de la vereda por unas rejas blancas que a mí me llegaban al cogote y a mi viejo apenas le rozaban la cintura, era usado por los amigos, la familia y los vecinos, lo que me confundía un poco porque nunca supe a quién debería darle el título de “visita”. Pegadita a las rejas había una vieja canilla que solíamos agotar en épocas de carnavales, dejándola decorada con cientos de coloridos anillos de látex por el resto del año.

    El garage estaba techado por el cielo perfecto de Babel. Una docena de macetones daban vida a claveles y malvones. Era mi lugar preferido para jugar, porque mientras me divertía no perdía de vista la calle 3. Ahí festejaba mi cumpleaños, ese día el garage se vestía con guirnaldas y globos, un tablón de madera, apoyado sobre unos caballetes movedizos servía de mesa y las rejas blancas siempre abiertas para que todo Babel me cantara el cumpleaños feliz; y en las navidades olía a pan dulce e ilusión, a familia y amistad.

    La cocina siempre tenía a mano una chocolatada y de vez en cuando me torturaba con un plato de sopa que, cuando nadie me veía, terminaba soltando por la cañería. La cocina: lugar de chismes y rondas de mates entre vecinas, unidas en inocente aquelarre; siempre perfumada con aroma a canela, cantando bajito una canción de amor.

    En la puerta de mi cuarto, un cartelito plástico mantenía apretujados a todos los personajes de Disney dando la bienvenida a los amigos. Mi cama, con su manta color café, me regalaba cada noche un sueño bonito. Junto a una mecedora, que no sé de quién heredé, se erguía un mueble rebalsado de libros que lucía orgulloso el trofeo que alguna vez había ganado en una suelta de globos. Un pequeño escritorio de pino joven se acurrucaba en un rincón, ahí Javier me explicaba sumas y restas, y yo simplemente lo miraba enamorada. Tony dormía sobre una alfombra redonda que tenía un pedacito de cada familia de Babel, porque estaba tejida con restos de lana que fui recolectando de casa en casa.

    Mi cuarto tenía un ventanal enorme con una vista privilegiada del patio, la soga llena de broches de madera y el piletón gris donde mi ropa se zambullía para enjuagar mis aventuras. El piso pintado de rojo sostenía macetas con margaritas y rayitos de sol, donde se paseaban las mariposas. Una parrilla, para el asado de los domingos, junto a una mesita de chapa sobre la que mi viejo apoyaba su vasito de Gancia con limón. Un jaulón gigante, diseñado por el tano Vito,se destacaba del resto de la decoración. Frente a él, papá pasaba horas mirando la docena de cotorritas australianas que revoloteaban de aquí para allá, hasta que un día abrió la puerta de la prisión y las dejó volar en libertad. Nadie lo entendió, nadie… excepto yo.

    Pero lo más lindo que tenía ese patio era el portal que escondía el reino de la fantasía, donde se cocinaba la magia, donde nacía el amor: la casa de mi nonna. No llevaba a mis amigos ahí, ni siquiera a Roxy, la abuela era solo mía y no la pensaba compartir.

    Mi casa lloró en silencio cuando nos mudamos. Se quedó esperándome tejiendo los cuentos más hermosos con las telarañas que se acurrucaban en las esquinas de sus paredes; ella me extrañaba y yo la necesitaba. Volví a sus brazos un año después, con una tristeza nueva, estrenando una ausencia. Ella, por las noches, me arrullaba en silencio, trayéndome en cada sueño, a mi fiel e inolvidable Tony.

    Cerrar los ojos y pensar en el 2263 es un pasaje seguro a la felicidad, donde mi caótica adultez no puede entrar y mi niña interior corre emocionada a reencontrarse con las risas que dejé en sus rincones.

    Mónica

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