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    LA VENTANA

     

    Miró a través de la ventana una vez más. Esta vez vio a un grupo vestido a la usanza de la antigua Grecia. Los niños jugaban a saltar los pequeños arbustos, y al hacerlo, sus togas se mecían con leves y acompasados movimientos, mientras la mujer y el hombre los observaban en silencio. Esta imagen no le atrajo y por eso se apartó de la ventana para sentarse en la única silla ubicada en el centro de la cabaña. Al rato, se levantó y volvió a mirar al exterior. Ahora, era una familia menonita (hombre mujer y un pequeño niño) quien ocupaba el jardín adyacente. Tampoco se sintió atraído por ese grupo y regresó de nuevo a su silla. Cansado de la inacción, después de un largo momento, volvió a parapetarse tras la ventana, desde donde observó un paisaje muy diferente a los anteriores:  mucha nieve y hielo, que cubrían por completo el lugar, y donde una familia de esquimales departía en paz y tranquilidad, desafiando la inclemencia del clima congelado. Indiferente retornó a la silla. A esas alturas, dudaba de poder encontrar lo que necesitaba. Un atemporal momento después decidió acercarse a la ventana. Esta vez, las imágenes fueron de su agrado: sobre un campo salpicado de árboles, una familia piel roja retozaba feliz. El hombre observaba los alrededores, atento a cualquier movimiento extraño, mientras dos pequeños entraban y salían del tepee, jugando a perseguirse, al tiempo que la mujer, sonriendo, intentaba en vano llamarlos al orden.

    Al observarlos detenidamente, supo que ése era el grupo al que quería pertenecer. Se apartó de la ventana y se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, una luz enceguecedora lo envolvió, obligándolo a avanzar a tientas. A medida que avanzaba, sentía que su cuerpo se achicaba hasta convertirse en una pequeña criatura, que, al atravesar el umbral de luz comenzó a llorar, emocionado por haber conseguido una nueva oportunidad. Una nueva reencarnación.

    Roberto Dario Salica

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