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No es el castigo más duro.

La felicidad te alcanza,
solo corres
como marchito tan por dentro
y solo por fuera.

Eres los pétalos
que el viento agarra con crueldad
al momento de abrazar.

El abrazo que duele,
no lo recuerdes,
que mueres de nuevo.

Muerte, muerte,
¿por qué te alejas
cuando corro?

Tanto y tanto
que te he buscado.

Mi lágrima te acaricia
y al verte
solo callo
por tu palabra.

Te respeto tanto,
porque aquellos
que ya no aguantan
buscan descanso en tus brazos.

Eres tan acogedora
que la simpleza de ti
te hace única.

Muerte, alcánzame,
que tanto te aplaudo
y ahora que te necesito
rechazas mi abrazo.

Henry Derek

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