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                                                       EL SUSTITUTO

     

    Al despertar comprobó que aún se encontraba en el húmedo y silencioso habitáculo. El dolor por los golpes recibidos le recordó su nueva situación de encierro y pronto final. Su reprobado oficio de salteador de caminos, se encontraba subordinado al juicio popular que tendría como único y lógico desenlace un merecido castigo, del que no tenía queja ni rencor alguno, pues era consciente de que había elegido con libertad ser un bandido. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo vislumbrar las cuatro sombras oscuras, que, ubicadas en cada extremo de la celda, daban la impresión de cambiar a cada momento de forma y tamaño; supuso que ese efecto visual era producto de su adaptación al ambiente oscuro de la celda. Sin nada más que hacer, recordaba una y otra vez aquel último y furibundo golpe que le impidió escapar, e imaginaba diferentes situaciones en las que pudo haber huido.

    Sin embargo, aceptaba las consecuencias con resignación, pues, el sentido común le indicaba que no podía haber otro destino para su vida marginal, y, por eso, íntimamente deseaba que su pronta muerte fuese su reivindicación.

    En la celda realizaba un ejercicio que consistía en caminar rozando las húmedas y frías paredes, siguiendo primero una dirección, para luego girar y caminar en la dirección opuesta. Al hacerlo, contaba los pasos, que siempre eran treinta y tres. Con esta acción aprendió que el mundo es cíclico, que la vida también lo es, y que todo redunda en un inevitable eterno retorno que se repite de manera infinita.  Intuía además que ese número (el treinta y tres) era premonitorio.

    No tenía miedo de morir, no podía permitírselo. Un líder, aun siéndolo para la destrucción y el daño irreversible, debe siempre mantener ante sus subordinados la compostura y el valor, incluso, ante la muerte… Aunque ya no le importaba el valor, pues el sentimiento de culpa por su vida sin sentido lo abrumaba de manera infinita.

    -La muerte será mi liberación-, murmuró para sí.

    Minutos después lo sacaron de su celda. Al salir al gran patio, la luz del día lo cegó y el griterío de la multitud lo aturdió.

    Cuando sus ojos se adaptaron a la nueva claridad, pudo advertir que se encontraba al lado de un hombre joven, cuyo cuerpo mostraba lacerantes heridas por haber sufrido un castigo impiadoso y cruel. De pronto, se hizo un profundo silencio, y desde un balcón cercano surgió la imagen del gobernador, quien, dirigiéndose a la multitud, preguntó a cuál de los dos condenados debería perdonar.

    - ¡Barrabás…Barrabás…! -, gritaron casi todos.

     Barrabás observó al hombre a su lado, y al mirarlo directo a los ojos, entendió que su acto reivindicatorio debía ser concretado con una decisión que trascendiera, incluso, su propia muerte.

    - ¡Yo, Barrabás, ocuparé su lugar!… ¡Que mi muerte sirva como una expiación para mí! -, gritó.

    Y mirando a la enmudecida muchedumbre, agregó:

    - ¡Y para todos!

     

    Antes de morir en la cruz, Barrabas esbozó una breve y desahogada sonrisa…

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

                              

    Roberto Dario Salica

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