En la casa nueva las plantas eran pequeñas, así que cada año, mientras las nuestras esperaban pimpollos, la tía me traía jazmines. Siempre fueron mis preferidos.
Pero un día los crueles dragones de la enfermedad decidieron atacarla. En esos días, a veces las charlas andaban por lugares alejados de la realidad, pero yo la seguía. Así nos prometimos que cuando ella estuviese más fuerte viajaríamos a Galicia, la cuna de la querida abuela, mi bisa gallega.
Solo lo sabíamos ella, mis padres y yo. Hasta ahora, nunca pude contárselo a nadie más. Quizás porque todavía duele, como entonces, cuando tras verla, proyectando ese viaje y llevándome a su fantasía casi infantil, ponía una excusa para alejarme a llorar en silencio.
Mientras tanto, en casa el jazminero se volvía frondoso.
La tía siempre será mucho mas joven de los años que hoy tengo.
A partir de entonces supimos lo que significaba tener el corazón roto. Papá se quedó sin hermana, mamá sin su mejor amiga desde los seis años, su cuñada y madrina de su única hija. Y yo sin sus jazmines y el mentiroso relato de un viaje por hacer.
Todo fue muy injusto. No debía partir, cuando tenía tanto por vivir.
Mi padre cuidó con dedicación las plantas de nuestro jardín, tanto que no fueron una sino tres las que se llenaron de flores cada verano embriagándonos con su dulce perfume.
Hace tiempo que él tampoco está, creo que, sin saberlo, el dolor comenzó poquito a poco a marcar su despedida el día que ya no tuvo hermana.
Desde entonces cada nochebuena y noche vieja en nuestra mesa no pueden faltar jazmines.
Anoche al llegar el nuevo año, quizás las burbujas del brindis me hicieron pensar una utopía que tal vez no lo sea tanto.
Quien dice que la historia de mi bisabuela que intento replicar en letras para que no se pierda, algún día no muy lejano cobre sentido en manos de la nieta de mi tía. Talentosa, recién recibida y con la fuerza de la juventud acaso convierta en guiòn todo lo que guardamos por años y sea ella que en nombre de todos llegue hasta Mos, y sienta palpitar bajo sus pies la tierra que vio nacer a su tartara abuela y el calor en su corazón del abrazo de su abu y su tío abuelo.
Nada es casualidad, por eso será por lo que luego de lo que soñé despierta, entre los mensajes de buenos augurios para este 2024, me dejaron uno contando lo que relató alguna vez Jorge Luis Borges a propósito de estas fechas “Mi amigo Xul Solar daba un consejo para año nuevo. Decía que lo que uno hiciera esa noche era lo que después iba a hacer durante todo el año. Yo he aceptado ese consejo, así que seguramente esa noche escriba algún poema o lea unos versos para que se cumpla el presagio”.
Si los recuerdos que guardé y hoy decidí liberar cuentan, aquí, siguiendo el consejo de los maestros, estoy escribiéndolos para que se cumpla el presagio.
Mientras lo hago me alcanza el aroma de los jazmines y un colibrí me despeina el flequillo.

Miriam Rodriguez Roa
Crea cuentos que ritualizan vínculos y emociones. Su obra honra linajes y transforma gestos en memoria viva.
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