Los últimos días de Julio se sintieron como un abrazo cálido a mi alma solitaria que había perdido el sentido del afecto. Entre pequeñas ilusiones, dulces risas, suaves suspiros me ensimismé en un invierno, que por ese instante dejó de ser frío. Mantenía la pequeña esperanza de que poco a poco empezaba a crecer algo en mí que creía haber olvidado.
Fue tan imperceptible, mis mejillas dolían por las noches en las que las sonrisas se asomaban cada segundo hasta cansar, hacía mucho tiempo que nadie en mí despertaba algo tan vivo, tan inmenso.
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