Esta noche dicen que hay que escribir en un papel todo aquello que pesa, doblarlo con cuidado y arrojarlo al fuego.
Dicen que las llamas saben qué hacer con las despedidas.
Que la noche de San Juan es una frontera invisible entre lo que fuimos y lo que estamos a punto de ser.
Que basta un salto para empezar de nuevo.
Y yo no sé.
Porque llevo meses intentando saltar por encima de ti y siempre termino cayendo dentro.
Esta noche es 23 de junio.
Y mientras otros piden deseos, yo sigo intentando entender qué fue exactamente lo que se rompió entre nosotros.
Porque hay cosas que uno supera.
Y hay personas que se quedan viviendo en las grietas.
Tú eres ambas.
Hoy he pensado mucho en aquella versión de mí que todavía creía que las historias de amor tenían sentido.
La recuerdo caminando hacia ti.
Con los bolsillos llenos de ilusiones ridículas.
Con esa forma ingenua de creer que cuando dos personas se encuentran en el momento correcto, el universo hace el resto.
Qué hombre tan inocente era.
Todavía no sabía que existen personas capaces de convertirse en hogar y despedida al mismo tiempo.
Todavía no sabía que una mirada podía quedarse a vivir en alguien mucho después de haber desaparecido.
Todavía no sabía que el amor también podía tener forma de ausencia.
A veces intento recordar el instante exacto en que todo comenzó.
Y siempre vuelvo a los mismos lugares.
A los cafés.
A las mañanas.
A las conversaciones interminables.
A tu cabello rebelde peleándose con el viento.
A tus ojos.
Siempre vuelvo a tus ojos.
Porque hay personas que son una fecha.
Otras son una canción.
Tú eras una forma distinta de mirar el mundo.
Y eso es mucho más difícil de olvidar.
Hace un año todavía imaginaba futuros.
Ahora colecciono recuerdos.
Y no es lo mismo.
Los futuros tienen ventanas abiertas.
Los recuerdos tienen puertas cerradas.
A veces me pregunto qué habría pasado si hubiéramos tenido un poco más de tiempo.
Un mes.
Una semana.
Una conversación honesta.
Un último intento.
Cualquier cosa.
Algo.
Pero la vida nunca pregunta qué necesitamos antes de arrebatárnoslo.
Simplemente ocurre.
Y después nos deja solos recogiendo los escombros.
Dicen que esta noche el fuego purifica.
Que hay que lanzar a las llamas aquello que duele.
Que hay que dejar atrás los fantasmas.
Entonces escribo tu nombre.
Lo observo durante varios minutos.
Las letras parecen mirarme de vuelta.
Como si también supieran que no estoy preparado.
Como si ellas mismas se negaran a desaparecer.
Pienso en quemarlo.
Pienso en dejarlo ir.
Pienso en todas las veces que prometí hacerlo.
Y entonces recuerdo tu sonrisa.
Y recuerdo aquella noche.
Y recuerdo tu voz.
Y recuerdo cómo me mirabas cuando todavía me elegías.
Y el papel permanece intacto entre mis manos.
Porque nadie habla de esto.
Nadie explica que hay amores que uno no quiere olvidar.
Aunque duelan.
Aunque destruyan.
Aunque se conviertan en una herida que nunca termina de cerrar.
Hay dolores que terminan formando parte de nuestra identidad.
Como las cicatrices.
Como las fotografías.
Como las canciones que evitamos escuchar.
Tú te convertiste en una de esas cosas.
Esta noche las calles se llenarán de hogueras.
Habrá risas.
Habrá brindis.
Habrá personas saltando sobre el fuego para celebrar nuevos comienzos.
Y yo estaré aquí.
Sentado frente a una llama pequeña.
Mirando cómo arden otros nombres.
Otras historias.
Otros finales.
Preguntándome por qué el mío sigue intacto.
Quizá porque nunca quise olvidarte.
Quizá porque en el fondo sigo conservando una esperanza absurda.
Pequeña.
Ridícula.
Pero viva.
La esperanza de encontrarte algún día.
La esperanza de que una tarde cualquiera vuelvas a aparecer.
La esperanza de que el universo se equivoque una vez y nos regrese aquello que nos quitó.
Ya sé.
Las personas adultas no deberían creer en milagros.
Pero también se suponía que las personas adultas no debían extrañar así.
Y mírame.
Todavía aprendiendo a vivir con tu ausencia.
Todavía buscándote en lugares donde sé perfectamente que no estás.
Todavía convirtiéndote en poema para evitar convertirte en olvido.
Hay noches en las que pienso que ya te superé.
Entonces encuentro una fotografía.
Escucho una canción.
Paso por una calle.
Huelo un perfume parecido al tuyo.
Y descubro que sigues aquí.
No como antes.
No ocupándolo todo.
Pero sí escondida en los rincones.
Como la luz que permanece unos segundos después de apagar una lámpara.
Como la marea que deja huellas incluso después de retirarse.
Como esas estrellas muertas que seguimos viendo porque su brillo tarda años en desaparecer.
Tal vez tú eres eso.
Una estrella extinguida cuya luz sigue viajando hacia mí.
Y tal vez yo soy el hombre que sigue mirando el cielo.
Esta noche la tradición dice que hay que saltar la hoguera.
Así que me acerco.
Observo el fuego.
Las llamas parecen criaturas antiguas.
Mueven sus brazos naranjas hacia el cielo.
Devoran todo cuanto tocan.
Transforman la madera en ceniza.
La oscuridad en resplandor.
El pasado en humo.
Y por primera vez comprendo algo.
La hoguera nunca fue para olvidar.
La hoguera es para aceptar.
Porque el fuego no hace desaparecer las cosas.
Las transforma.
Y quizás eso es todo lo que llevo intentando hacer desde que te fuiste.
Transformarte.
Convertir el dolor en memoria.
La ausencia en palabras.
La nostalgia en belleza.
La herida en aprendizaje.
El adiós en algo que pueda sostener sin romperme.
Entonces cierro los ojos.
Pienso en ti.
Pienso en nosotros.
Pienso en todo lo que no fue.
Y también en todo lo que sí.
Porque existimos.
Aunque fuera poco.
Aunque no bastara.
Aunque terminara.
Existimos.
Y eso nadie puede quemarlo.
Ni el tiempo.
Ni la distancia.
Ni el silencio.
Ni siquiera esta noche.
Entonces salto.
No porque te haya olvidado.
No porque haya dejado de quererte.
No porque ya no duelas.
Salto porque entendí que seguir viviendo no es traicionar lo que sentí por ti.
Salto porque merezco descubrir quién soy cuando ya no estoy esperando que regreses.
Salto porque hay amaneceres que todavía no conozco.
Libros que aún no he leído.
Canciones que aún no me encuentran.
Personas que todavía no aparecen.
Versiones de mí que siguen esperando al otro lado del fuego.
Y mientras caigo del otro lado de la llama, comprendo algo que me habría costado aceptar hace un año.
Quizá volver a empezar no significa que regreses tú.
Quizá volver a empezar significa que regreso yo.
A mí.
Al hombre que era antes de perderse.
Al que todavía sabía reír.
Al que aún creía en el futuro.
Al que escribía sin tristeza.
Al que no necesitaba mirar atrás para encontrar algo hermoso.
Esta noche es 23 de junio.
La noche de las hogueras.
La noche de los deseos.
La noche de los finales que se disfrazan de comienzos.
Y si alguna vez vuelves a leerme.
Si alguna vez el azar vuelve a cruzar nuestros caminos.
Si alguna vez preguntas qué hice con todo el amor que me dejaste.
Quiero que sepas esto:
No lo quemé.
No pude.
Lo convertí en luz.
Y con ella crucé la oscuridad.
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