Aunque me cueste admitirlo, he llevado demasiada carga sobre los hombros por mucho tiempo. No odio a mi padre, al menos no más de lo que él se odia a sí mismo. No puedo hacerlo; sería un desperdicio de energía en una materia vacía de propósito y emoción. Siempre me preguntaré si me habría ahorrado el tener que volverme valiente a base de golpes si él me hubiera enseñado a navegar a tiempo. Afortunadamente, mi abuelo estaba ahí. Le debo la vida y no puedo poner en palabras todo el amor que siento por él. Es, en parte, lo que me hace pensar que —al adoptar la benevolencia después de haberme vestido de dureza y crueldad para sobrevivir— todavía queda un espacio aquí para mí.
Nadie leerá esto, nunca ocupé el sitio suficiente para siquiera convertirme en eco. Pero si alguien lo hace, se lo agradezco. Lo siento como una caricia en el cabello, siéntanlo ustedes como si le limpiaran las lágrimas a un niño o la sangre de las garras a un animal. De cualquier manera, no pido permanencia, aunque me fascinaría no tener que bajarme la fiebre a solas todos los días.
Siempre he sentido que tengo ese factor que me enajena ante los demás, eso que no gusta, que no es estético ni siquiera en su precariedad, a diferencia de lo que se intenta idealizar sobre la disidencia. Me pregunto qué será lo que falla; me gustaría arreglarlo. En mi punto más bajo, dejaría que me reescribieran el alma, siempre que me permitan conservar el dulce recuerdo de mi abuelo. Ese es mi único no negociable.
Quiero saber lo que se siente bajar la guardia, soltar el peso, llorar y sentir esa contención sin sufrir la ridiculización, ni la exposición a miradas morbosas. Quiero hablar de mis flores, de mis plantas y de mis matemáticas, que con esfuerzo cobran sentido.
Me gusta que el sol me pegue en la cara, que el rocío me moje las mejillas y tirarme en el césped. Me gusta permitirme eso. Ya no quiero ser fuerte, ya no. Por esta noche, por favor, ya no.

Evan
Busco un ángulo muerto para mi tristeza, con la calma de quien no busca ser carga en el paisaje, pese a que su naturaleza aún demande la anomalía de una ternura que le rescate.
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