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Anthus

Oct 21, 2024

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—¿A qué se parece el amor? —pregunta mi corazón, otra vez, con esa persistencia absurda que solo el corazón de los tercos románticos conserva después del naufragio. Lleva un año y trece días preguntándomelo. O tal vez sólo ha pasado un viernes desde la última vez que te vi. No lo sé. Con el tiempo he aprendido que la memoria no sigue calendarios, sino heridas.

Y no sé qué decirle. No porque no haya pensado en ello, sino porque cualquier respuesta sería una traición a lo que sentí. Durante mucho tiempo creí, con esa fe ingenua que uno guarda para lo imposible, que el amor se parecía a ti. Que tenía tu forma. Tu sombra. Tu risa contenida. Que eras tú, simplemente tú una persona que ni siquiera usaba su sonrisa. Qué fácil fue confundir esa certeza con amor.

Hasta que, de golpe, lo entendí. Fue casi cómico, como si alguien encendiera la luz en mitad del drama. Qué ridículo había sido, pensar que una emoción tan inmensa podía caber en una sola persona. Que algo tan antiguo, tan poderoso, tan devastador, se resumía en un chico de uno setenta y seis, con la piel apenas dorada por el sol y un gusto extraño por el café con frutas. Qué simplificación tan absurda. Tan humana.

—¿A qué se parece el amor? —insiste mi corazón, como si las respuestas fueran su alimento y no la razón de su dolor. Me dan ganas de callarlo. De hacer cualquier cosa con tal de no escucharlo más. Porque es agotador tener que explicar el vacío, una y otra vez, a un órgano que aún late como si no supiera lo que significa estar roto.

Pero no lo hago. En lugar de eso, me quedo quieta. Me echo el cabello tras la oreja como si ese gesto bastara para enfrentar todo lo que no quiero decir. Y entonces, con una calma que sólo se consigue después de tanto llorar en silencio, lo miro y le respondo:

—Ya no creo que el amor sea él.

Porque si lo fuera, estaría aquí. No a kilómetros. No en otra vida. Aquí, frente a mí. Sin excusas. Sin huidas. Si el amor fuera él, todo habría sido fácil. No perfecto, pero sí real. No dolería tanto.

Ya no creo que el amor sea él —lo repito, como quien intenta convencerse de lo que ya sabe—. Y, en el fondo, creo que nunca lo fue. Yo no buscaba a una persona. Buscaba algo más grande. Algo que me salvara. Algo que me hiciera sentir que no estaba sola en mi propia piel. Y cuando él apareció, con esa manera tan suya de encajar en mis vacíos, le creí. Le entregué todo lo que era. Le construí un altar con mis ilusiones y me arrodillé frente a él como si fuera el significado de mi existencia.

Y él… él tomó. Tomó sin mirar cuánto quedaba. Se bebió mis ganas, mis certezas, mis silencios. Me vació con promesas bonitas y palabras medidas, de esas que suenan a verdad pero no duran más de una noche. Me dijo que yo era la única, que sus manos solo me buscaban a mí, que su cuerpo solo encontraba calma en el mío.

Y, claro, le creí.

—¿Y cómo te hace sentir eso? —vuelve a preguntar mi corazón, ahora con una frialdad que ya no se disfraza de ternura.

Y yo, sin lágrimas, sin rabia, solo con esa resignación que viene después del duelo, respondo:

Me hace sentir miserable.

Y es verdad. Lo fui. A veces todavía lo soy. Porque amar así, sin medida, sin regreso, es como morir un poco cada día sin que nadie lo note.

Anthus

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