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    Veintiséis de septiembre

    Nov 24, 2023

    Veintiséis de septiembre
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    No voy a negar que tengo -y mantengo- una vida rutinaria, no es algo que me moleste, al contrario, me gusta y la disfruto, pero no entiendo como el destino, el universo o dios se terminó tomando tan en serio mi fascinación por la rutina.

    Como cualquier otro lunes a la mañana me desperté a las seis y media, me vestí acorde a lo que el anuncio meteorológico decía (hoy la mínima rondaba los catorce grados celsius así que tocaba la pollera y el sweater nada más) desayune a las seis y cincuenta y cinco y a las siete y cinco minutos salí de mi casa para ir a la escuela.

    Así transcurrían la mayoría de mis días, aun en los fines de semana o feriados me terminaba despertando al mismo horario de los lunes. Durante la escuela mi manera de actuar era practicante automática, tan automática que al final de la jornada no podía descifrar algún carácter diferencial del día anterior, y por deprimente que suene, yo lo disfrutaba.

    Hubo un día en especial (después de seis meses de monotonía rutinaria) que se destacó por la ausencia de un profesor (y la presencia de su suplente), un nuevo profesor al mando del aula significaba tener que volver a aprender los manierismos y métodos del nuevo docente, o sea, salir de la regularidad de mi pensamiento y romper con mi preciada automatización (por lo menos hasta absorber al nuevo profesor).

    Esto significaba que mis días serían más tediosos, más presentes, más largos. Lo odiaba.

    Ya era la segunda semana sin el profesor titular y el suplente me parecía particularmente molesto. No sé qué era específicamente lo que me irritaba pero el no saber no quitaba el hecho.

    El veintiséis de septiembre durante las horas de química, me di cuenta de que ya era la tercera vez que resolvimos y corregimos el mismo problema de quimica: "Sobre 64g de Al del 95% de pureza se añaden 1,5 l de disolución de ácido sulfúrico 2m. Calcular el volumen de hidrógeno desprendido a 20 c° y 706 mmHg de presión". También me di cuenta que era la tercera vez que le cantábamos el feliz cumpleaños a Martina, cosa que me parece muy triste porque jamás me tomé la molestia de ver quién cumplía años, solo veía las ocasiones como un desayuno más cargado.

    También me había dado cuenta que era la tercera vez que escuchaba a mi vecina decirme que me lleve abrigo porque iba a hacer frío.

    Así como estos descubrimientos repetitivos hubo muchísimos más, pero el que me hizo abrir los ojos de lo que realmente estaba sucediendo fue que supuestamente la suplencia del profesor terminaría el veintiséis de septiembre y hace tres días que era veintiséis de septiembre.

    Cuando me di cuenta que mañana iba a transcurrir mi cuarto "veintiséis de septiembre" entre en pánico, otra vez la pollera y el sweater, otra vez catorce grados, el cumple de Martina y la disgustante cara del suplente, todo otra vez.

    En mi cuarto veintiséis terminé en un hospital después de saltar por el balcón que da al patio interno de la escuela.

    En mi quinto veintiséis terminé en una comisaría tras haber sido detenida por rehusarme a bajar de la copa de un árbol.

    En mi sexto veintiséis termine perdida en un descampado por haber intentado fugarme de mi ciudad, no más melodías de feliz cumpleaños era lo único que deseaba, pensar que mientras yo me las ideaba para hacer algo distinto (como nunca antes) alguien repetía el día más feliz del año, su cumpleaños.

    Ya en mi noveno veintiséis mi mente descansó, estaba viva ¿pero a qué precio? medité, y al igual que antes, cuando mi rutina era como lo deseaba, mi cuerpo se automatizo.

    No se cuanto tiempo, cuantos veintiséis, pasaron en este estado de piloto automático, la verdad es que ya había perdido la cuenta.

    Hubo un veintiséis que me harté ¿cuantas personas deseaban poder repetir un día una y otra vez sin tener ningún tipo de consecuencias sobre sus acciones para luego hacer otra cosa al día siguiente (es decir, el veintiséis siguiente)? seguramente no mucha gente lo deseaba, pero con tal de que haya una persona que lo quisiera, la idea de que alguien me envidiase me daba fuerzas.

    Y así como el desconocido lo deseaba, comencé a cometer crímenes, travesuras y todas esas cosas que uno desea o algún día pensó y nunca cometió.

    Comenzó con mis deseos de travesuras más inocentes, entrar a la escuela de noche, explotar un inodoro, escribir un insulto en la pared y demás actitudes ordinarias dignas de un adolescente.

    Luego comencé a dejar de ir a la escuela y me escapaba, conocí barrios a los que nunca fui, subí a colectivos a los que nunca me subí, hable con gente con la que nunca hablé. Y cada vez mis actitudes se fueron desvirtuando más y más, cosas que no voy a contar por mera vergüenza.

    Una vez cometidos los siete pecados capitales, me terminé aburriendo de hacer cosas indebidas, una parte de mi ya no era la misma, ya no pensaba en la pollera y el sweater, en el cumpleaños de Martina, en el suplente y ni pensaba ya en mi madre, me di cuenta que deje de preocuparme por la rutina.

    Oficialmente había enloquecido y no quería más ¿Cómo se supone que iba a salir de esto? ¿Cuándo terminaría este ciclo, la rutina, los veintiséis?

    A pesar de ya haberlo considerado antes, esta vez la intención era más profunda. Ya había pensado el cómo, el dónde y claramente el cuando no importaba (después de todo siempre era veintiséis de septiembre).

    Estaba decidido, me iba a tirar de cabeza por las escaleras de la escuela e iba a hacer que el suplente sea testigo.

    En honor a mi yo de antes, mi yo feliz, cuando me desperté repetí lo que antes era mi rutina. Al llegar a la escuela y luego al aula, le vi el rostro al suplente y le canté el feliz cumpleaños a Martina. El timbre de cambio de hora sonó y ahora vendría la profesora de química.

    Apenas el suplente se retiró del aula me levanté de mi silla y lo seguí por detrás, a aproximadamente dos metros de distancia.

    Cuando las escaleras se acercaban me adelante del profesor y como lo había premeditado, me tiré de cabeza hacia los escalones.

    Antes de eso mire atrás por un instante para poder ver la expresión desfigurada y shockeada del suplente y bueno, luego aterricé con mi sien en el escalón de mármol.

    Había logrado superar inesperadamente mi miedo a la muerte, digo, es un paso importante a la hora de suicidarse, eso en parte me enorgullecia un poco. El problema era que luego de unos instantes de oscuridad absoluta, me vi despertando en una muy cómoda cama que por lo visto no era la mía.

    ¿Acaso el cielo era una habitación rosada con muebles blancos y ositos de peluche?

    De todas las cosas que hubiera imaginado que vendrían después de la muerte creo que esto era lo que menos esperaba.

    Estuve unos momentos admirando lo que me rodeaba, todo era hermoso, parecía comestible como si estuviera hecho de algodón de azúcar.

    Mi fascinación y felicidad se desvanecieron cuando por la puerta de la habitación se asomó una señora con una bandeja de desayuno en las manos cantándome:

    "Que los cumplas feliz,

    que los cumplas feliz,

    que los cumplas Martina,

    que los cumplas feliz."

    Luciana Piris

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