Bajo el sol que entraba por la ventana de tu carro, tu piel sobre la mía
y yo mirándote con una calma extraña,
como si en ese instante
quisiera aprenderte de memoria otra vez.
Tus dos lunares en el cuello,
el olor de tu perfume quedándose en el aire, la suavidad de tu cabello entre mis dedos, y el brillo tranquilo de tus ojos
donde siempre encontraba algo de hogar.
Entre tus brazos todo parecía más lento,
más tibio, como si la tarde misma
decidiera quedarse un poco más con nosotros.
No sabía
—o tal vez una parte de mi alma lo sospechaba—
que esa sería la última vez que te vería.
Por eso te pedí quedarte un ratito más
bajo el sol,
solo un momento más de luz
para poder guardarte así
en algún rincón de mi memoria.
Quería recordarte exactamente así:
tu rostro iluminado,
el silencio suave entre nosotros,
la paz breve de ese instante
que ahora entiendo que era una despedida.
Y desde entonces
han pasado 111 días
y no ha vuelto a existir
un sol
como ese.
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