No empezó con un dios,
ni con una promesa.
Empezó con una mano
clavando un clavo,
con una espalda desnuda
recibiendo el peso del día.
El origen no fue el verbo.
Fue el sudor.
Pienso en vos,
que salís de la casa cuando el cielo
todavía no es cielo,
cuando el frío cala en los huesos.
Pienso en vos,
que trabajás con las manos rotas,
y el alma intacta.
Que hacés malabares con el sueldo,
y milagros con la dignidad.
Que tu cuerpo es un campo de batalla
donde cada músculo
es testigo
de un sistema que te explota
pero no te vence.
Primero de Mayo.
Los muertos de Chicago
nos miran sin decir nada.
Nos preguntan qué hicimos
con su sangre,
si entendimos algo,
si el miedo nos comió la rabia.
Algunos celebran.
Nosotros recordamos.
Y trabajar no es fiesta.
No mientras haya
niños que heredan turnos
en lugar de libros,
madres que no enferman
porque no pueden faltar,
viejos que no descansan
porque no hay quién los mantenga.
No queremos flores.
Queremos futuro.
Queremos que el trabajo
no nos robe la vida.
Queremos tierra,
tiempo,
ternura.
Queremos que el pan
no venga con culpa.
El mundo no te agradece
porque no le conviene.
Pero sin vos
el mundo se detiene.
Sin vos
no hay pan,
ni techo,
ni palabra.
Y yo te escribo
porque si no te nombro,
te siguen borrando.
Porque esta poesía
también es trinchera,
también es bandera.
No te pido paciencia.
Te abrazo en la rabia.
En el cansancio.
En el sueño de una tierra
sin dueños.
Llegará el día
en que el Primero de Mayo
no sea un símbolo de lucha,
sino de victoria.
Porque será nuestro —
no el trabajo,
sino el mundo.
Y ahí, al fin,
será justo sudar
para vivir
y no para sobrevivir.
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