05.10
Oct 5, 2024
Qué difícil es hablar por mensaje, por llamada, por un audio que, aunque lo reproduzco una y otra vez, bien poco pillo. Escucho que tropieza por la calle y se le traba la lengua, y yo trato de imaginar la cara que pone, pero nada. No sé si fue porque los coches lo distraen o por contarme lo del viejo. Me dice que lo llamó y que preguntó por mí.
Le digo que de higos a brevas también me llama, que me manda mensajes preguntando qué tal va la vida y si ya me he animado a tener una serpiente, esa que él tanto pavor le da. Pienso que mi padre le tiene menos miedo a ese animal que a mí. Me llama, pero nunca quiere verme. Todavía llevo los ojos cansados, la boca torcida y las manos ásperas. Ver al hijo roto aprieta más que la víbora enroscada en la garganta.
En el último mensaje me pregunta qué voy a hacer para Navidad. Le respondo que no se preocupe, que yo me las apaño solo, que paso de esas formalidades. El viejo es más fácil de entender. En el simple "cuídate" ya veo el panorama completo. Sé que suspira de alivio y que piensa que el mejor regalo es la tranquilidad de no tener que enfrentarse a las consecuencias de su eterna ausencia.
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