Cuando se apaga el incendio del horizonte y los centinelas extienden sus alas miro hacia el cielo en busca de respuestas. De vez en cuando me topo con los caninos de la bóveda, que me miran escilintando el único sonido mudo de la garganta de la noche. No me contestan pero me hablan y yo les entiendo. Son las únicas que escuchan mis lágrimas cayendo al suelo y mi rabia contenida. Su sonrisa, aunque fría y distante, llega a mí como un consuelo y me calma el alma que tirita. Me reciben bajo su manto y me envían el mensaje de la mínima esperanza. Leen en mi porvenir el sueño de paz que tanto anhelo y yo les creo porque todo pasa y queda la prueba de su luz llegando a la tierra desde el cielo.
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