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#001.

evan ☆

Jul 26, 2026

19
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No hay cinismo en mi pulso, ya lo repetí tres veces.

Solo el cómputo de mis arcadas. Tres, seis, nueve...

Como ley física y burocrática,

huyo a la orilla y colisiono contra la simetría de tu sombra.

Te llevo incrustado.

(Abre la llave, enjabona, talla, borra la marca, repite).

Como un huésped sagrado que me drena la herida

y pernocta caliente dentro de la infección.

(No inspeccionaré. No hoy).

Vivo con un pasmo bendito al evocarte.

(Mi apetito se ha extinguido, otra vez).

O peor, que mi sesera replique tu genio.

(La cinta métrica dicta que el grosor de la madera es seis;

no mires a nadie, sobrevendría la vergüenza, la ola de dudas, el pánico, el llanto infantil).

Tus manos frías. Mortecinas.

(Sacudí la cabeza veinticinco veces antier por ello).

Expertas en el pestillo de mis defensas,

en la juntura exacta de mis huesos.

El gris de tus ojos, como fango clínico.

(Me anego).

Esa mirada de anatomista que tasa la pieza antes del tajo.

(Corta, intuyo el merecimiento).

Diseñada para eclipsar mi amarillo,

para reducirme al matiz de las ofrendas.

(Violeta).

Mudabas tus miserias de cuerpo con una prestancia

que me desata el llanto de solo recordar.

Fuiste el alarife de mi claustro y mi santuario.

(Y no te arrepientes).

Masticabas tu carroña y me la insuflabas de boca a boca,

anudándome la lengua para que nadie escuchara mi queja.

Tu lasitud. El vaho denso, místico, de tu extravío.

Un nutrimento negro solo para mí.

Llevaba la boca abierta, dócil, como el ave en el nido,

mientras calibrabas el ángulo exacto para mi última reverencia.

Ladeo la cabeza sobre el agua helada

y encalla el sonido de tu voz.

Un barítono bajo. Denso.

Finura letal, mi adicción, mi menoscabo, mi melodía preferida para caer inconsciente bajo la medicación que me fue aumentada.

El arrullo estricto con el que domabas mi tristeza suicida,

el susurro pulcro con el que me ungías la herida antes de consagrarla.

Una serpiente de porcelana.

Elegancia sibilina antes de inocular el frío.

Abomino examinarme bajo tus edictos,

pero el tribunal de mi mente ya dicta tu veredicto y mi pena.

Emergen los escenarios que más detesto, tus estragos me brotan dentro como si fueran propios.

Mi muerte sería percatarme de que albergo tu misma naturaleza.

Que soy tú.

Para atajar la blasfemia, cuento.

Milímetros entre mi pie y la pared... Doce, veinticuatro, treinta y seis.

Divido el espacio en números primos para que el monstruo no despierte.

Me podaste tan cerca de la raíz que solo sé florecer hacia adentro.

Como fruta pisoteada y agusanada en el suelo del huerto.

Coincidir contigo en la misma costra, mi fobia.

Tener tu caligrafía cincelada en los dientes.

Que mi fango reconozca el peso exacto de tu bota.

Masticas mi nombre entre tus encías

mientras el tabaco te vuelve ceniza los pulmones.

Qué más da tu ruina si me dejaste el sótano inundado de tu herencia enferma.

Sigo tu doctrina,

le entrego otro dulce a mis caries,

saboteo mi propio templo,

añado herrumbre al hierro.

Calculo la resistencia exacta de la viga para soportar el peso.

Que nadie más habite la casa que tú desahuciaste.

La restitución es un trámite interminable, pulcro, lúbrico.

El agua con pus que queda en el balde tras limpiar la sangre.

Este afán crónico y piadoso

de haber querido serte útil hasta el desgaste de mi alma.

Ser el cuenco perfecto para recoger tu saliva, tu ojeriza, tu culpa.

Mendigar las briznas de mi propio quebranto.

El golpe seco en mi nuca.

La saliva con la que me limpias la frente.

Mis labios reventados y el hielo envuelto en el lienzo basto.

La llave en la cerradura a medianoche

y mi oso de peluche dejado sobre la mesa al día siguiente.

El rapto de mi ira explotandote en la cara.

Tu risa blanda, implacable pero paternal.

El sofoco de tu abrazo de alambre de espino.

Me reconozco ahí, estático en el absurdo,

como un siervo diminuto encandilado por los faros.

Mi sistema nervioso se quedó atrapado en esa estancia.

Un miligramo de oxígeno mientras mi pecho colapsa en bucle.

Mapeo las dimensiones del cuarto en segundos y

multiplico la distancia por el pánico.

Trato de ganar un juicio interno donde siempre soy convicto.

Mi llanto se ahogaba pidiendo disculpas

por mancharte la alfombra con mi sangre,

contra tu hombro impasible.

Bajo tu vista, mi curiosidad era una gracia prestada.

Nada era mío.

Mi inocencia era un paño blanco para que te limpiaras las manos.

Portabas una pulcritud tan severa, tan de mármol,

que constituía un ultraje para mi suciedad.

Esta grasa oscura con la que me marcaste el cuello.

«¿Serás bueno para mí?», inquirías mientras te ajustabas la fachada de pulcritud.«Abre los ojos. No olvides a quién sirves».

Te recuerdo perfectamente.

Ando sobre las baldosas contando los pasos

para que la pregunta no regrese y me obligue a desearte la muerte.

Y te firmo la respuesta con los falanges rotos:

no.

Ya no lo sería.

Pero qué bien aprendí a lamer el plato que me dejabas.

A alinear los cubiertos en el orden exacto de mi humillación.

Prefiero la peste antes que volver a implorar tu beneplácito.

Cierro los párpados en la noche.

Mido el ritmo de mi respiración en múltiplos exactos

para simular una coraza que no tengo.

Miento en mi propia cabeza.

Me enajeno para no estar cuando el recuerdo me arrastra al suelo.

La blasfemia y el asco se instalan en mi frente.

Un pensamiento parásito que asumo como mi condena.

Trato de arrancarme el olor a tabaco, a ti y al cloro de la piel.

Calculo cuánta carne me tengo que arrancar

antes de llegar al hueso limpio.

Porque nunca estuve listo.

El adiestramiento fue tan hondo,

la herida del desarrollo tan incrustada en el pulso,

que si vuelves a silbar desde la puerta

no sé si mis pies sabrían desobedecer el llamado.

Nunca estuve listo.

Ni lo estaré jamás para sobrevivir a tu próxima puñalada.

evan ☆

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