la casa respiraba en silencio, como si guardara un secreto demasiado antiguo para ser nombrado. él lo sabía desde la primera noche, cuando el viento no golpeó las ventanas… las acarició, como dedos familiares regresando a casa.
nadie más parecía notarlo. las paredes, cubiertas de retratos desteñidos, observaban con una paciencia incómoda, y el reloj en el pasillo marcaba horas que no coincidían con el mundo exterior. allí, el tiempo no avanzaba: se arrastraba.
cada madrugada, a la misma hora, una figura cruzaba el corredor. no dejaba huellas, no hacía ruido, pero él sentía su presencia como un susurro frío en la nuca. no era miedo lo que lo mantenía despierto, sino una extraña nostalgia, como si esa sombra perteneciera a algo que había amado antes de recordar cómo hacerlo.
comenzó a dejar la puerta entreabierta. luego, a susurrar en la oscuridad. palabras sin respuesta, confesiones sin nombre. y, sin embargo, algo cambiaba: el aire se volvía más cálido, casi humano.
una noche, la figura se detuvo. no la vio, pero la sintió más cerca que nunca. su pecho se apretó con una certeza inexplicable. no estaba solo. nunca lo había estado.
extendió la mano hacia la penumbra, tembloroso, como quien busca tocar un recuerdo.
y por un instante, breve, imposible, algo respondió. no era carne, no era vida, pero tampoco era ausencia. desde entonces, ya no teme a la oscuridad. la espera.
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