finalizando la hora predilecta para la culminación de sus deberes, le echó un vistazo a la puerta principal. sabía que su chico llegaría pronto, por lo que lo esperaba con el arma entre las manos, aseado deliberadamente minutos atrás. a eso poco más de las 22:44, una figura masculina, esbelta y medianamente alta dio paso al interior de la vivienda.
— llegas tarde. — pronunció el de cabellos negros con una media sonrisa en su rostro.
— lo lamento tanto, el trabajo me retrasó, pe… — no terminó su relato, no porque el joven frente a él lo interrumpiese, sino al percatarse del objeto que llevaba consigo.
haruto repasaba la palma de sus manos con el filo del cuchillo, siendo separados por una toalla blanca perfectamente limpia, una lástima que hasta ella pagara las consecuencias. como si se tratase de las prendas que lo vestían y con ojos visiblemente iluminados, dejó caer el pedazo de tela al suelo y deslizó una vez más el arma sobre su piel, creando una herida visible que pronto permitió que brotasen las primeras gotas de sangre.
el recién llegado, por su parte, se limitó a sonreír y a deshacerse de sus pertenencias sin importar su ubicación. sus pupilas dilatadas buscaban aquellas hileras de líquido que escurrían de sus manos, las cuales iban en aumento por la manipulación de sus extremidades. a la cuenta de tres, ambos quedaron a una distancia mucho menos considerable, y como si fuese un acto común, el mayor hirió parte de la mano del azabache, apretando para que fluyera el líquido. acto seguido, hundió sus dientes sobre la piel, absorbiendo cada milímetro del mismo y dejando un rastro en sus cerezos.
— mierda… — con la boca manchada de un tono carmesí, atacó los labiales del más bajo, succionando, mordiendo y haciendo un carnaval que los hinchó por escasos segundos, mezclando fluidos rojos y transparentes. las prendas perfectamente limpias y blancas se vieron estropeadas al toque por las manchas frescas y rojas que ambos habían sido responsables de crear. la toalla que había sido olvidada, ahora brillaba por las suelas de los hombres y gotitas rojas.
no había mayor excitación que aquello, ver el desastre que causaba en su amado y viceversa.
el festín apenas comenzaba.
— mmh… — las manos del pelinegro se intercalaban entre la ropa del mayor, apretando y creando marcas. en un descuido del mismo, tomó posesión del arma y a paso firme, dio un rajón sobre la tela, traspasando su piel y haciendo un navajazo visible en su brazo, un corte perfecto de unos pocos centímetros que dejó escapar unos mililitros considerables de fluido. no perdió la oportunidad y antes de que escurriese sin razón, hundió sus labios para bañarse en aquel elixir, manchándose y volviendo a besar a su mayor sin pudor alguno. aunado a ello, el herido no se inmutó al ver la ocurrido en su extremidad, sonrió y se dejó guiar como si de una actividad cotidiana se tratase.
— te ves tan exquisitamente delicioso y precioso. — haruto delineó los cerezos adversos, limpiando una hilera de sangre que caían, no por asco, sino por su propio placer. una vez terminado, llevó el mismo a su cavidad bucal para succionar los restos que habían dejado.
con el control del arma bajo su poder nuevamente, se deshizo de su camisa, pantalones y zapatos y le indicó al menor que lo imitara y siguiera hasta su guarida. la cama serviría como escenario para llevar a cabo otra aventura con el chico de sus sueños. una de las tantas en la semana. bajo la mirada de sus únicos espectadores, los gatos del haruto, la pareja se escabulló hacia la siguiente puerta, obteniendo mayor privacidad.
apenas dio un paso adentro se recostó sobre la misma, las perfectas sábanas tendidas y limpias que siempre quedaban hechas un desastre. ni siquiera tuvo que esperar, apenas cayeron ambos cuerpos la aparición de máculas imperfectas coronó la anatomía del menor. ambos se tomaban de una manera decidida, sin importar golpes anteriores o que su tacto se envuelva en sangre al retirar sus prendas.
con solamente una delgada tela que los proteja, el joven se sentó en el regazo del azabache, creando un vaivén de caderas que lo volvieron loco en cuestión de segundos. era un maldito descarado y él un pervertido que disfrutaba la atención.
— dios…
cuando menos lo esperaba, el cuchillo se clavó con tosquedad en una de las piernas del menor, en lugar de un rajón, ahora tenía una cavidad apenas profunda, pero de la cual emanaba y disfrutaba deliciosamente, tomándola como decoración para sus propias piernas.
y lo mismo que utilizó para hacer crecer su erección.
el chico lo estaba llevando al límite y una vez ahí, no sabía cuándo parar. como pudo, bajó su ropa interior y dio un par de embestidas a la entrada todavía cubierta del menor, queriendo profanar hasta el más mínimo maldito rincón de su interior.
— hazlo. — murmuró el masculino al ver la frustración de su mayor, autorizando que se deshaga del único impedimento para romper hasta la fibra más sensible que conservaba.
y con esas palabras, obedeció. obedeció a sus impulsos y sin demorar, se introdujo estrechamente en él, embistiendo profundo y olvidándose por un segundo de la dulzura que lo caracterizaba.
no hubo gritos, no hubo llanto, solamente gemidos que rebotaban en sus oídos mientras tomaba lo que le pertenecía de los labios adversos.
no obstante, había un lugar que todavía no había explorado. el cuello de su amado.
siendo menos gentil que antes y una actitud errática, tomó el cuello adverso con firmeza, clavando sus dientes en el mismo y extrayendo gotitas rojas, succionando y embarrando en sus cerezos. sus caderas repetían el patrón de atrás hacia adelante contra la esmirriada figura masculina.
unos cuantos empujones más, un par de heridas más y unos cuantos mililitros de sangre bastaron para que aquella noche, tocase el cielo, siendo embarrado por la esencia rojiza del menor, y sus propios fluidos encontrándose en su interior.
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