La llama de mi mecha quemada
debería extinguirse,
pero no lo hace.
La cera que debió servirme de soporte
se ha derretido,
y, sin embargo, sigo en pie.
La lógica dictó mi sentencia hace tiempo.
El viento que sopla
debió haberme apagado.
Mi cuerpo debilitado
debió haber cedido sobre la cera caliente.
Y, a pesar de ello,
mi esperanza por sobrevivir prevalece,
siempre allí, latente.
Sé que, en algún punto,
mi propia luz será la responsable
de mi asfixia y disipación.
Pero, en el devenir,
me encargaré de iluminar cuanto pueda.
Combatiré contra la oscuridad
hasta que ella me reclame,
y me lleve así,
al fin, consigo.
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