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Feb 1, 2026
Nunca supo sentir en línea recta. Lo suyo era un desorden hermoso: cada emoción entraba torcida y se le quedaba vibrando en el centro, donde el cuerpo piensa sin palabras. Vivía así, entre impulsos, con el pulso desobediente marcándole el rumbo.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Desde afuera, muchos le sugirieron calma. Moderación. Le hablaron de equilibrio como si fuera un lugar seguro. Ella lo intentó, más por cansancio que por convicción, y entendió rápido que no podía habitar ahí sin perder algo propio. Cada vez que se forzaba a bajar la intensidad, algo adentro se le apagaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Hubo una frase que le quedó dando vueltas, dicha al pasar, sin cuidado:⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
—Sentís demasiado.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
No la hirió. Le ordenó las ideas. Si eso era demasiado, entonces no había nada que corregir.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Aprendió a confiar en esa presión interna que no miente. Se equivocó siguiendo ese pulso, claro, pero también supo irse a tiempo y quedarse cuando valía la pena. El cuerpo le avisaba antes que la cabeza: si se cerraba, era señal; si se abría, también.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Nunca buscó volverse dura. Eligió permanecer abierta, aun sabiendo el costo. Porque en ese caos había una forma honesta de estar viva. Y cuando el día se apagaba, respiraba hondo, aceptando que esa manera de sentir no era un problema, sino su lenguaje más fiel.
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