ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ@ 𝗹𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻ㅤㅤㅤㅤ
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Una habitación cerrada con llave.
El asombro no fue tan grande al principio, era un dato más en una conversación al pasar entre mi madre y yo.
— ¿Sabías que Graciela tiene una habitación para ella sola? Cerrada con llave. El marido, que vive con ella, no sabe nada de lo que hay ahí.
Yo asentí, más concentrado en cebar el mate que en lo que me estaba diciendo.
— ¿Ah, sí? Mirá vos. Vaya a saber qué tiene ahí…
— Y… se comprará cosas a escondidas. El otro día vinimos juntas desde el centro, me dejó una caja que había retirado del correo para irse a fijar si estaba Horacio. Se había ido a caminar, se ve, eso me dijo cuando volvió a buscar la caja.
— ¿Y qué había ahí?
— ¿En la caja? No la abrí. ¿Cómo voy a meterme en su privacidad? Yo la dejé en la mesa, no vaya a ser que fuera algo frágil y me quisiera arrancar la cabeza después porque la rompí… Aparte son medio extraños.
— ¿Extraños cómo?
— Extraños… Ella le saca el cuero todo el tiempo cuando vamos a gimnasia o cuando tomamos un café. Lo pinta como un monstruo, peor que tu papá.
Ambas teníamos claro que mi papá no era la mejor persona del mundo. Terco, tozudo, de humor explosivo y cambiante. Alguien un poco, bastante, impredecible. Ermitaño, grosero, insensible, la plata era su dios a pesar de que lo negara y se aplicara al ateísmo.
Y, según Graciela, Julián se parecía mucho.
No fue hasta el día en que puse pie en su casa que la incógnita se abrió en mi cabeza. ¿Cómo una persona tan errática podía amar tanto las plantas? Las cuidaba y tenía una especie de jardín secreto, únicamente para sí mismo. De todas las flores, frutas y verduras que te imaginases, él tenía un ejemplar (o dos, o tres). Tenía una fascinación mayor que la mía por cuidarlas, se desvivía por ellas. Eso fue en el verano, me pidieron a mí que les cuidara la casa y Julián, como sabía de mi cariño y respeto por las plantas, me pidió que las regara.
Pasé muchas tardes en esa selva de calor, mosquitos y alivio para los ojos, hipnotizado por las flores y el aroma de la citronella. A pesar de ser un ávido jardinero, no poseía una buena manguera y era tacaño para arreglar la canilla. Las quinientas veintiséis plantas (contadas por mí) fueron todas regadas a regadera de mano. Grandes, pequeñas, experimentos, cruzas, injertos, todas. La paciencia es una cualidad mía y, en aquella ocasión, lo comprobé por mí mismo.
Ellos volvieron, el resto del año siguió igual. Mi mamá con Graciela siguieron saliendo a clases de gimnasia y a sus paseos regulares. Ella no volvió a tocar el tema del cuarto con llave, mi vieja tampoco.
Un día, Graciela requirió de mí. Necesitaba aprender algo con el teléfono, una de esas nuevas actualizaciones de los bancos la estaba volviendo loca. Fue la primera vez que entré a la casa. Las veces anteriores, solo tuve la llave de entrada al jardín, pero jamás a la propiedad.
Un aire húmedo, entre encierro y cosas viejas atiborró mi nariz. El salón parecía sacado de una fotografía de los años setenta, incluidas las mantillas de encaje que adornaban los muebles y las cristalerías en una cómoda vieja.
— Sentate, nene, voy a hacerte un té.
— No, Graciela, no se moleste.
— Dale, ¿no le vas a aceptar un tecito a esta vieja? Tengo tu favorito, el chai.
Asentí y sonreí con amabilidad. Su tono era tan cercano, tan familiar. Para ella, prácticamente éramos familia. Nadie la había acogido y entendido tanto como mi madre, por ende, yo era casi una sobrina.
Me senté y observé el living. Ella me hablaba desde la cocina y yo atinaba a darle alguna que otra respuesta para hacerle saber que estaba allí, mientras mi mente rumiaba lejos. Así, mis ojos se posaron en la puerta que conducía, hacia la izquierda a la cocina y derecho a un pasillo.
De repente, el recuerdo de la habitación con llave atrapó la integridad de mi mente. ¿Cuál de esas dos puertas en el pasillo será la que tiene cerrojo? ¿Cuál de todas las llaves que había en el tablero será la que conduzca dentro? No, seguro la tendrá aparte, lejos de la vista de Julián.
Ella llegó con el té y mis tribulaciones se pausaron un rato. Lo del banco fue sencillo, era una pavada para mí que todo el día manejo estas cosas. Así que nos quedamos conversando.
Y la puerta seguía ahí. Inmóvil, latente, brillante en su pintura beige. Comenzaba a molestarme porque la mirada se me desviaba del rostro de Graciela hacia ella continuamente. No quería plantarle la duda de mi curiosidad, tampoco delatar a mi vieja. Se iba a sentir extraña que yo supiera lo que hablaban en secreto con mi madre.
En eso, Julián llegó. Abrió la puerta de entrada con una alegría desbordante por verme ahí sentado. Gritó mi nombre y un efusivo saludo antes de estrecharme en un abrazo y un beso bonachón, tal como él.
— ¿Qué haces acá, nene? Tanto tiempo. — Parecía que había corrido una maratón y, en efecto, había caminado media ciudad por mera diversión suya. — Bancame que voy al baño y ya vengo a conversar con vos.
En mis ojos se debe haber notado la expectativa. Lo ví entrar en la primera de las dos puertas. ¿Sería la otra la habitación prohibida para Julián y el resto del mundo? De igual manera, sorprendida estaba por el trato tan ameno de Julián. Le dijo “¿Cómo está mi gordita?” a Graciela y le encajó dos besos. ¿No que no era cariñoso, que era un hombre agrio y distante? No se parecía en nada a mi padre, quién para darte un beso debía haberse muerto alguien importante.
Volví desorientado a mi casa. La acompañé a Graciela, bajando la cuadra, ella seguía hasta la farmacia y yo me despedía en el portón.
—¿Te diste cuenta la relación extraña que tienen?
Mi vieja me esperaba con el almuerzo y yo, con apenas un té encima proque no había desayunado, estaba famélico. Me aventé las milanesas mientras respondí con la boca medio llena.
— Por eso, a mí también me sorprendió. Ella es la que habla mal de él, pero aún así no quiere separarse. Dice que la maltrata, que le tiene contada la plata. Esa es la razón de que tenga una cuenta aparte.
— Pero, Julián es muy cariñoso. No la entiendo. Bueno, no todo es lo que parece. — La milanesa estaba nucleando todos mis sentidos, pero en algo tenía razón de lo que dije.
— De todas maneras, el tener una habitación secreta, alejada de tu marido, es algo extraño. Entiendo la privacidad, me parece algo… extremo.
Esa noche soñé que entraba a la habitación. Veía cajas en cada costado, apiladas en estanterías de metal, y un olor rancio se despegaba de los cartones en la tercera fila de mobiliario. El aroma a algo… podrido. Tocaba las cajas y se pegoteaban a mis manos, dejándome la hediondez de ese olor. En algún momento, un estruendo rompía una de las estanterías y todo se caía al suelo. Sentí el pavor de saber que ella oyó el ruido y venía desde el living con un machete del jardín. Me oculté detrás de una caja más grande, el mejor escondite pero el más nauseabundo. Las arcadas no tardaron en llegarme aunque necesitaba hacer silencio. Ella se había apoderado con bronca de la cerradura porque no giraba la llave y solo forcejeaba, una y otra vez.
El pánico se apoderaba de mí y decidí meterme en la caja. Alzarla no era posible, algo pesado estaba dentro, así que la abrí.
Las manos me temblaron y empecé a llorar con la intensidad del susto de ver a mi madre ahí dentro, con la mandíbula desencajada y faenada en muchas partes. Su rostro estaba pálido, los ojos salidos de sus órbitas y el cabello mojado en su propia sangre. Sentía tan real tocar el cartón ensangrentado. Vomité a un costado, el forcejeo en la llave paró.
Al instante siguiente, un primer machetazo rompió la madera de la puerta. La idea original, aún había lugar en la caja, en el pequeño ataúd biodegradable de mi madre. Ahí me oculté entre sus restos y me abracé a las vísceras para acallar el llanto. No estarías acá, mamá, sino me hubieras dicho ese secreto. No estaríamos acá si no lo supiera.
Dos, tres, cuatro machetazos. Entró.
— ¡HIJO! ¡DESPERTATE! — El grito de mi vieja, vivita y coleando, me devolvió a la realidad. — Estás todo sudado, estabas gritando mientras dormías, ¿sabés qué hora es? ¿Estás bien? Ay, a ver si tenés fiebre.
Nunca había abrazado tan fuerte a mi madre. Lloré igual que lloré con sus vísceras, respirando el aroma de romero en su cabello, aquel aroma me calmaba y devolvía la paz.
La próxima vez que Graciela vino a nuestra casa, preferí evitarla. La saludaba en la calle por compromiso, huía de sus recorridos por el barrio. Pero Julián volvió a pedirme por mensaje que cuidara el jardín, otra vez, en el nuevo verano. No lo ví, ni a él ni a ella, solo dejó la llave en la maceta de la entrada. La primera tarde, mientras leía desde las sillas del jardín, lo ví a lo lejos, manchado con algo, el machete apoyado en la pared.
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