la joven de los pies ligeros no entendía de gravedades ni de lógicas angulares. para ella, el mundo era un lienzo de estelión que cambiaba de color según el brillo de su entusiasmo. un día cualquiera, decidió que el aire estaba demasiado quieto y, con un soplido cargado de polen estelar, transformó la brisa en una escalera de caracol invisible que ascendía hacia las nubes de algodón de azúcar.
subió peldaño a peldaño, y con cada escalón que dejaba atrás, sus pensamientos se materializaban en peces de colores que nadaban en el oxígeno seco. no sentía vértigo, pues el optimismo le otorgaba una eutrapelia natural, esa gracia divina que convierte lo solemne en un juego radiante. al llegar a la cima, se encontró con que el cielo no era un vacío, sino un techo de cristal soplado donde las estrellas colgaban como lámparas de aceite esperando a ser encendidas por una carcajada.
sin detenerse, estiró la mano y tomó un hilo de luz plateada, cosiéndolo a la orilla de su vestido para que sus pasos dejaran un rastro de luciérnagas en la penumbra. se sentó en el borde de un cúmulo de vapor y comenzó a pescar deseos en un lago de mercurio que flotaba a la deriva. cada vez que lograba capturar uno, el deseo se convertía en una fruta de sabor desconocido —mezcla de nostalgia dulce y mañana de domingo— que ella compartía con los vientos que pasaban.
el mundo abajo, tan pequeño y cuadrado, intentaba llamarla con sus campanas de bronce, pero ella prefería escuchar el latido del universo, que sonaba como el ronroneo de un gato gigante de seda. en su travesía continua, descubrió que las sombras no eran falta de luz, sino simplemente lugares donde el sol se había quedado dormido de tanto bailar. con un gesto de magnanimidad poética, despertó a las sombras con cosquillas de escarcha, haciendo que el bosque entero despertara en un estallido de flores que crecían hacia adentro, guardando sus secretos para quienes supieran mirar con el alma del revés.
continuó su marcha sobre el lomo de un cometa domesticado, sintiendo que su alegría no cabía en los diccionarios humanos. para ella, el tiempo no transcurría, sino que se enroscaba en su dedo como un anillo de humo, permitiéndole vivir todos sus momentos felices en un eterno y vibrante presente. así, navegando por mares de tinta violeta y cruzando puentes hechos de ecos, la joven demostró que la realidad es solo una sugerencia y que la verdadera magia reside en la osadía de sentirse infinitamente viva.
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