Y entonces la porcelana se quebró y yo no quería creer más, porque todo lo que añoraba se veía perdido, quebrado; todo estaba roto... todo se sentía perdido, entre mis manos torpes.
Ahora son mis entrañas murmurando, confabulando contra mi muerte —en esta jaula de carne y huesos, que pesa, que duele, que me duele y me amarra a la existencia—, como si mi cabello largo existiera para atar mi cuello hasta que el aire no entre y mi lengua, el veneno que no se atreve a soltar, porque entre cada palabra, cada susurro que emprendí sola, la vida vuelve a darme un latigazo en la mejilla.
Y estoy cansada. Estoy cansada de ser, de estar, de aparentar y de soñar; porque el tiempo pasa largo y los minutos son lentos, porque mi cabeza es un ciclón que tira todo optimismo al suelo. ¿O es que todo lo que estaba flojo debía caer? Y así fue, cayó. Pero yo también lo hice y, ante cada paso que doy, caigo en cuenta de que no soy...
Entonces, ¿dónde estoy? ¿O será que jamás estuve?
Mis pómulos duelen de aguantar el llanto, pero mis ojos pican de lo salado que es, y mi nariz se vuelve roja, como el tomate que dejé en el plato sobre la mesa hacía un par de días.
Porque comer es un martirio. Porque existir ya se volvió insostenible.
Y porque no puedo salvarme...
pero, entonces, ¿cómo puedo huir?
No, no lo sé. No puedo.
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