El cuidado se transforma en encierro cuando dejo de hacer algo que deseo por miedo a perderlo.
Cuando ya no elijo desde la tranquilidad, sino desde la prevención.
Cuando empiezo a cerrar puertas que nadie me pidió que cerrara.
Cuando la necesidad de protegerme pesa más que las ganas de vivir.
Me cuidé tanto de volver a sufrir que, por momentos, también me alejé de aquello que podía hacerme bien.
Me cuidé tanto de equivocarme que algunas veces olvidé que la vida no se construye solo con certezas.
Hay riesgos que no valen la pena.
Pero hay otros que son simplemente el precio de estar viva, de querer, de confiar, de intentar.
Y quizás el desafío no sea vivir sin miedo.
Quizás sea no convertir el miedo en el arquitecto de todas mis decisiones.
Porque el cuidado me protege.
Pero cuando ya no me deja avanzar, conocer, sentir o elegir, deja de ser cuidado.
Y empieza a parecerse demasiado a una jaula construida con mis propias manos.
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