Porque ser yo
ya era una incomodidad para ti.
Mis palabras,
mi gentileza,
mis dudas—
todo parecía ocupar demasiado espacio
entre tus manos.
Y yo,
que intentaba acariciar las partes rotas
que aparecían únicamente
en tus escasos momentos de suavidad,
acababa rasgándome contra ellas.
Como quien abraza vidrio
esperando calor.
Y entonces me cansé.
Me cansé de encogerme
para no parecer demasiado sensible,
demasiado blanda,
demasiado yo.
Es triste la forma en que pasaste
de hablarme con cuidado,
a dejar caer palabras crueles
con la facilidad
con la que alguien abandona algo
que ya no piensa conservar.
Y entonces me pregunto
si priorizarme fue realmente tan malo,
cuando fui yo quien aprendió a soportar
la aspereza de tus manos.
Sí,
tal vez cualquier muestra de afecto
termina doliéndome.
Tal vez porque siempre llega
con algo escondido entre los dientes.
En fin.
Espero estés bien,
donde sea que ahora estés.
Y que algún día logres moverte—
aunque yo todavía siga aquí,
recogiendo las partes de mí
que dejé tiradas en tus palabras.
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