Y entonces entendí que la culpable era yo,
cuando ni siquiera buscaba señalar, enjuiciar o juzgar.
Porque en mí no yace la posibilidad de ser una mala persona, de no pensar que todos tenemos malas rachas o que tal vez las personas cambian.
Me duele pensar que es mi culpa por confiar,
por abrir,
por creer que toda palabrería es justa,
es sana
y sin dobles intenciones.
Vuelvo a este agujero del que tanto me costó salir, para encontrar que había sido yo misma la que tomó una pala y excavó hasta la medida perfecta, hasta cubrirme por completo
y cumplir mi propio sepulcro.
A la puerta tocaban las buenas noticias—soñé con esto una vez,
pero,
¿por qué ahora todo se vuelve a tornar gris?
¿por qué me duele cuando me señalas con tu índice, cuando encuentras la pequeña gota de salsa en un enorme mantel blanco?
Me siento ahogada,
asfixiada por el cansancio,
por la pena moral
y por las lágrimas que hoy salieron,
se desbordaron y empaparon mis mejillas
hasta secarse,
formando ríos de sal.
¿Por qué el sol no sale para mí otra vez?
¿Por qué nuevamente me siento incómoda
en mi misma carne?
Y entonces siento que todo a mi alrededor no vale, porque soy reemplazable.
Alguna vez abrí el corazón—demasiado rápido, me dijiste—y hoy soy la única culpable por sentir,
por querer sin interés y no conocer.
Pero entiendo,
lo entiendo
no le conocía.
Y hoy las habladurías cortan, hieren.
Me hieren, me duelen.
Si te sientes así,
por favor, suéltame.
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